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Catarsis

Tiptip MX por Tiptip MX
febrero 23, 2026
en Opinión
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Por: Felipe Correa

La sucesión anticipada del CJNG
A menos de 24 horas de confirmarse la muerte del líder y fundador del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), el hombre más poderoso del crimen organizado mexicano por su capacidad de expansión transnacional —con células operativas en decenas de países—, el escenario que se abre no es de vacío, sino de disputa. Una disputa inevitable, desordenada y, como suele ocurrir en estos casos, profundamente violenta.
La caída de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no activa una línea sucesoria clara. El CJNG no cuenta con un heredero natural que concentre poder por la vía de la sangre ni del consenso criminal. Lo que sigue es una pugna entre mandos regionales que buscarán conservar sus territorios frente a dos amenazas simultáneas: la ambición interna y el avance de grupos rivales.
En el crimen organizado mexicano, la sucesión no es un acto político, es un proceso bélico. Las monedas de cambio no son los discursos ni los acuerdos formales, sino las alianzas tácticas y las traiciones calculadas. Entender estas dinámicas exige asumir una verdad incómoda: los cárteles sobreviven y se expanden mediante la combinación estratégica de violencia y capital, no por lealtades personales duraderas.
Por eso, la muerte de El Mencho no representa el final del CJNG, pero sí el inicio de su etapa más frágil. La narrativa del “nuevo capo” simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. La experiencia mexicana demuestra que los grandes liderazgos criminales no se heredan; se fragmentan.
Durante años, El Mencho fue más que un jefe operativo. Fue símbolo, método y amenaza. Centralizó decisiones, impuso disciplina y construyó un liderazgo personalista que mantuvo cohesionada a una organización expansiva y violenta. Su ausencia deja un vacío que difícilmente podrá ser llenado por una sola figura.
Se ha mencionado a Rubén Oseguera González, “El Menchito”, como sucesor natural. Sin embargo, su encarcelamiento en Estados Unidos lo reduce a una referencia simbólica. En el crimen organizado, el poder no se ejerce a distancia ni desde una celda.
Otros perfiles emergen desde la historia y la operación. Erick Valencia Salazar, “El 85”, encarna a la vieja guardia: experiencia, redes y memoria institucional. No posee carisma mediático, pero sí conocimiento profundo del funcionamiento interno del cártel. En contraste, Ricardo Ruiz Velasco, “El Doble R”, representa la lógica de la fuerza: control armado, terror y disciplina violenta. Su debilidad es estructural: la violencia sin control acelera la descomposición interna.
Mientras tanto, lejos del reflector público, operan los verdaderos estabilizadores del crimen organizado: las finanzas. El entorno de Gerardo González Valencia, “El Cuini”, pese a los golpes judiciales, sigue siendo clave para comprender la capacidad de supervivencia económica del CJNG. Porque sin dinero no hay armas, y sin armas no hay control territorial.
El escenario más probable no es la coronación de un nuevo líder absoluto, sino la consolidación de un liderazgo fragmentado: uno que administre recursos, otro que ejerza la violencia y varios que dominen regiones específicas. Este modelo no debilita de inmediato al CJNG, pero sí lo vuelve más errático, más violento y, sobre todo, menos predecible.
La historia es clara: los cárteles son más vulnerables cuando pierden a su líder, pero también más peligrosos cuando intentan reafirmarse. El riesgo no está en quién suceda a El Mencho, sino en qué tan rápido el Estado sea capaz de impedir que alguien lo intente.
Porque, al final, el verdadero relevo no ocurre dentro del cártel, sino en la capacidad institucional para evitar que el ciclo vuelva a comenzar.

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