Por: Felipe Correa
Moteles en Durango: el riesgo silencioso.
Hay temas que incomodan. Que no generan aplausos, que no se vuelven tendencia y que, por lo mismo, suelen quedarse fuera de la conversación pública. La seguridad en los moteles de Durango es uno de ellos.
Sin embargo, los datos —fríos, constantes y persistentes— obligan a mirar de frente una realidad que durante años ha sido ignorada: personas han perdido la vida por intoxicación de monóxido de carbono en estos espacios.
No se trata de un fenómeno masivo, pero sí de uno recurrente. Y cuando algo se repite con el tiempo, deja de ser casualidad para convertirse en un problema estructural.
Hace unos días, el legislador local Héctor Herrera presentó una iniciativa ante el Congreso del Estado que, más allá de su viabilidad política, pone el tema sobre la mesa: la necesidad de regular, inspeccionar y prevenir.
La propuesta plantea algo básico, pero hasta ahora ausente: un marco normativo claro que obligue a los establecimientos a cumplir condiciones mínimas de seguridad. Inspecciones periódicas, sanciones para quien incumpla y, sobre todo, medidas concretas como sistemas adecuados de ventilación y la instalación obligatoria de detectores de monóxido de carbono.
Nada extraordinario. Nada imposible. Pero sí necesario.
Porque los casos ahí están.
Una pareja joven, de 25 y 19 años, fue encontrada sin vida en un motel ubicado en la salida a Mazatlán. La necropsia fue contundente: asfixia por inhalación de monóxido de carbono, sin indicios de violencia.
Otro caso: una pareja en el motel Red Boutique. Mismo patrón. Una habitación con cochera, un vehículo encendido y una acumulación de gas que terminó por convertirse en una trampa mortal.
Y uno más: una pareja que ingresó durante la madrugada y fue encontrada inconsciente horas después. De nuevo, el mismo elemento: monóxido de carbono generado por un automóvil en funcionamiento.
Los casos no son aislados. Son consistentes.
El patrón es claro: habitaciones cerradas, cocheras sin ventilación adecuada y vehículos encendidos. Una combinación que, sin controles ni prevención, puede resultar letal en cuestión de minutos.
Aquí es donde la discusión deja de ser incómoda y se vuelve necesaria.
Porque el problema no es el uso de los moteles. El problema es la falta de condiciones mínimas de seguridad en espacios donde, por diseño, el riesgo puede incrementarse.
Ignorar el tema no lo desaparece. Solo lo pospone.
La iniciativa presentada no resolverá por sí sola el problema, pero sí marca un punto de partida: reconocer que existe un vacío normativo y que ese vacío tiene consecuencias reales, medibles y, en algunos casos, irreversibles.
En política, muchas veces se legisla sobre lo visible, lo popular o lo rentable. Rara vez sobre lo incómodo.
Por eso, este tipo de propuestas —aunque no generen reflectores— merecen atención.
Porque detrás de cada cifra hay una historia que terminó antes de tiempo. Y detrás de cada omisión, una oportunidad perdida de evitarlo.
La pregunta ya no es si se debe discutir el tema, sino cuándo se aplicará.
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