Por: Felipe Correa
La Enfermería Mexicana
La enfermería mexicana vive uno de los momentos más contradictorios de su historia: mientras el discurso institucional presume avances en profesionalización, cobertura y reconocimiento laboral, la realidad cotidiana sigue revelando un sistema que depende del sacrificio silencioso de miles de trabajadores de la salud.
Los números, en apariencia, son alentadores. En 2026, México registra 371 mil 633 profesionales de enfermería distribuidos en las 32 entidades federativas, mientras que el IMSS reporta una plantilla cercana a los 148 mil trabajadores. Además, la cobertura de enfermería en el sistema alcanzó el 96.2%, con la meta de llegar al 100%. La cifra refleja un esfuerzo importante del Estado mexicano para fortalecer un área estratégica del sistema de salud.
Sin embargo, detrás de las estadísticas oficiales existe una pregunta incómoda: ¿realmente estamos fortaleciendo la enfermería o simplemente administrando su precariedad?
El problema no es únicamente cuantitativo. México continúa por debajo del estándar internacional recomendado, con apenas entre 3 y 3.5 enfermeros por cada mil habitantes. Esto significa que, aunque el país gradúa y contrata más personal, el crecimiento poblacional y las necesidades sanitarias avanzan a mayor velocidad que la capacidad institucional de respuesta.
La paradoja se vuelve todavía más evidente cuando se observan los salarios. Mientras el promedio nacional ronda los 18 mil 700 pesos mensuales, la dispersión salarial muestra profundas desigualdades. Una enfermera técnica puede percibir apenas entre 7 mil 450 y 8 mil 290 pesos al mes; una enfermera general, entre 10 mil y 11 mil 800; y una especialista puede aspirar a ingresos cercanos a los 16 mil 900 pesos. Incluso dentro del IMSS, el promedio general apenas supera los 14 mil 600 pesos mensuales.
Resulta imposible ignorar que hablamos de uno de los sectores laborales más importantes para la estabilidad social y sanitaria del país. La pandemia dejó claro que la enfermería no es un complemento del sistema de salud: es su columna vertebral. Sin embargo, seis años después de la emergencia sanitaria global, México sigue sin traducir el reconocimiento simbólico en una verdadera dignificación laboral.
La situación adquiere una dimensión todavía más compleja cuando se analiza el componente de género. El 79% del personal de enfermería son mujeres. Paradójicamente, los datos salariales muestran que ellas perciben en promedio mayores ingresos que los hombres dentro del sector, una anomalía respecto a otros mercados laborales mexicanos. Pero lejos de representar igualdad estructural, el dato parece responder más a la concentración femenina en áreas especializadas y de mayor antigüedad que a una transformación profunda de las condiciones laborales.
Además, el hecho de que más del 21% del personal continúe en condiciones de informalidad revela una falla estructural. Hablar de trabajadores de la salud sin acceso pleno a estabilidad laboral, prestaciones o seguridad social constituye una contradicción ética para cualquier sistema sanitario moderno.
La profesionalización también avanza, aunque lentamente. El reconocimiento de más de 43 mil enfermeros con licenciatura o grados superiores dentro del IMSS representa un paso importante hacia la consolidación académica del sector. No obstante, persiste una deuda histórica: México aún mantiene inercias administrativas donde la capacitación y la especialización no siempre se traducen en mejores condiciones laborales ni en oportunidades reales de crecimiento profesional.
La discusión de fondo no debe centrarse únicamente en cuántos enfermeros tiene México, sino en qué tipo de sistema de salud quiere construir el país. Porque la cobertura total no garantiza calidad, y la contratación masiva no significa necesariamente justicia laboral.
La enfermería mexicana ha demostrado resiliencia, vocación y capacidad técnica. Lo que falta ahora es voluntad política para entender que invertir en enfermería no es un gasto: es una decisión estratégica de desarrollo nacional.
Mientras eso no ocurra, el país seguirá dependiendo del heroísmo cotidiano de miles de profesionales que sostienen hospitales, clínicas y comunidades enteras con salarios limitados, jornadas extenuantes y reconocimiento insuficiente. Y ningún sistema de salud debería sostenerse únicamente sobre el sacrificio de quienes lo mantienen vivo.
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