por Eduardo Rodríguez
¿Reelección?
Hay grandes contrariedades en la vida, pero cuando hablamos de democracia, en México sería algo así como la tierra prometida.
Mientras que en las democracias avanzadas, donde existe la posibilidad de reelección del Ejecutivo o de los cuerpos legislativos, esta se entiende como el derecho de un ciudadano que fue elegido y ejerció una función pública con renovación periódica y que se propone repetir en el cargo como resultado de la calidad del trabajo desempeñado a los ojos de sus gobernados, en México la posibilidad de la reelección es potestad exclusiva de los partidos políticos.
Sus dirigencias deciden, premian o castigan a quienes buscan la reelección en función desuso propios cálculos e intereses. A veces, pocas, se da por una aprobación de la gestión… en otras, la gran mayoría, por conservar cuotas de poder.
Bastaron tan solo 100 años para que se olvidara que el principio de la no reelección fue la principal bandera del movimiento revolucionario mexicano de 1910 y que, en su defensa, murieron miles de mexicanas y mexicanos en aquella época.
Ahora que los partidos políticos ratificaron candidatas y candidatos en cargos de elección popular y que, gracias a un aparato de Estado, la opinión pública observa que un gran porcentaje de los candidatos reelectos tienen poco que ofrecer a la hora de medir sus resultados. Incluso, hay casos donde estos son inexistentes pero gracias a la aprobación de la marca que los postuló, se hicieron de becas legislativas muy bien remuneradas, por seis y tres años.
Con estos hechos a la vista de todos, se consolida la idea entre la población de que existe una casta cerrada, una clase política hermética que vive alejada de la cotidiana realidad de la gente. Se trata de una oligarquía que domina todos los espacios políticos.
Decía el sociólogo Robert Michels en su obra “Ley de Hierro de la Oligarquía”, que todas las organizaciones, independientemente de cuán democráticas sean inicialmente, al final se convierten en oligárquicas. Sus teorías sobre las elites contribuyen a la comprensión del principio político de la no reelección, sobre todo cuando sostiene que el fundamento básico de la vida democrática es la “circulación de las elites” y la “renovación de la clase política”. La verdadera mayoría es la que no vota y no se cuenta, la que no traduce su derecho al voto en escaños.
Mucho se debatió sobre el proceso electoral este 2024, cuando se hablaba de que no era una disyuntiva entre “izquierda” o “derecha”, sino entre democracia y autoritarismo, pero la verdad es que ni una ni la otra. La verdadera contraposición acontece entre “los pocos”, que son las oligarquías, y “los muchos”, que representan a la gente común y a los “cientos” que se quedan esperando una oportunidad de representarles.
Y esa contraposición de los pocos contra los muchos, también se puede concebir como una crítica demoledora a una oposición política que muestra que tiene las mismas viejas y deleznables prácticas, donde prevalece una lógica conformista y sumisa.
La no reelección plantea el impedimento para la creación de nuevas oligarquías y permite el ingreso continuo de nuevos actores políticos. El reparto de candidaturas entre oligarquías es la característica principal de los sistemas partidocráticos, mientras que la competitividad se convierte en un elemento que al final, brilla por su ausencia.
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