Por: Eduardo Rodriguez
El poder que no se fue: la verdadera intención detrás de “Grandeza”
En política, pocas apariciones públicas son inocentes. Y la del expresidente Andrés Manuel López Obrador, hace apenas unos días, tampoco lo fue. Bajo el pretexto de presentar su libro “Grandeza”, AMLO decidió volver a escena desde su finca en Palenque, no para hablar de literatura, sino para enviar un mensaje político cuidadosamente diseñado.
El expresidente ha insistido en que su retiro es definitivo. Pero lo que vimos fue exactamente lo contrario. En un entorno controlado, en “su jardín”, habló de cultura, de pueblos originarios, de identidad… y, entre líneas, dejó un aviso dirigido a quien hoy ostenta el poder formal. Si la presidenta Claudia Sheinbaum llegara a enfrentar “acoso”, amenazas a la democracia o riesgos a la soberanía, advirtió que él regresaría a las calles. Eso, en cualquier lectura honesta, es un condicionamiento político.
La presentación del libro no fue un acto cultural. Fue la reactivación pública de un liderazgo que nunca aceptó su propio final. Pareciera que AMLO no dejó de mandar el 1 de octubre; simplemente dejó de estar en Palacio Nacional.
Y aquí está el punto central del problema: un país democrático no puede funcionar cuando un expresidente pretende operar como “autoridad moral”, como vigilante del proyecto o, peor aún, como poder paralelo. Cuando el mensaje que se envía a la ciudadanía es que la jefa del Estado no es realmente quien gobierna, que hay una sombra mayor detrás de ella, la institucionalidad se debilita. La investidura se erosiona. La confianza se rompe.
El efecto simbólico es igual de grave que el político: la idea de que el país está en un interinato permanente, administrado por alguien que dice estar retirado pero que conserva redes, operadores y capacidad de presión.
La democracia no admite dobles mandos. Ni en público ni en privado.
Por eso es indispensable señalar lo que muchos prefieren evitar: este tipo de irrupciones no solo confunden al país, sino que abren la puerta a una peligrosa normalización de poderes paralelos. Y eso nos regresa a los modelos de caudillismo que México ya había superado.
La presidencia que hoy ejerce Claudia Sheinbaum merece respeto pleno, no tutelas disfrazadas de nostalgia literaria. No puede existir un “segundo piso” del poder que opere desde Palenque. No puede haber monarquías de sombra. No puede haber reyes tras bastidores.
Si López Obrador quiere escribir libros, que los escriba. Pero si cada libro es un instrumento para condicionar al gobierno en turno, entonces sí debemos decirlo con claridad: la democracia mexicana no puede sostenerse mientras un expresidente pretenda seguir gobernando por encima del voto ciudadano.
México necesita instituciones verdaderas, con responsables verdaderos, y un solo mando legítimo: aquel que emana de las urnas, no de la nostalgia.
@eduardguezh
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