por Eduardo Rodriguez
El mensaje de Claudia.
La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de los senadores de Morena y de la presidencia de la Junta de Coordinación Politica del Senado no es un simple ajuste administrativo ni un relevo rutinario.
Diga lo que se diga desde la narrativa oficial, se trata d una decisión política de alto calibre que fortalece de manera directa el proyecto político de la presidenta Claudia Sheinbaum y debilita, quizá como nunca antes, la influencia real de AMLO.
No es un dato menor: a López Hernández, el hermano político del expresidente, le quitas el control del presupuesto de la Cámara alta, el manejo de los acuerdos internos, la distribución de posiciones estratégicas y, sobre todo, la interlocución privilegiada con la presidenta de la República.
En política, perder el control del dinero y de la agenda equivale, simple y llanamente, a perder el poder.
Durante los últimos ocho meses, Adán Augusto fue un factor de tensión permanente para Palacio Nacional. No solo por su estilo personal de ejercer el mando sino porque se convirtió en un dique para la consolidación de la agenda legislativa presidencial.
Mientras que en San Lázaro Ricardo Monreal cumple las indicaciones de Claudia, en el Senado Adán Augusto se hacía como que “la Virgen le hablaba”, administrando tiempos, pateando acuerdos y jugando a la autonomía y al despliegue de su propia agenda para apoyar a senadoras para ganar candidaturas de su partido.
Sin embargo, el relevo no puede explicarse únicamente en términos de disciplina legislativa. Los graves señalamientos que pesan sobre Adán Augusto por sus vínculos con Hernán Bermúdez, líder de “La Barredora” y ex secretario de Seguridad Pública de Tabasco, minaron de manera severa su viabilidad política.
Además, hay un manejo excesivo de recursos económicos que no coincide con sus conocidos ingresos, algo que, en una democracia que funcione bien, habría llevado a investigaciones formales y consecuencias rápidas.
Con ese lastre, Adán se convirtió en un estorbo para la presidenta. No solo porque su permanencia erosionaba el discurso de orden, legalidad y control político, sino porque hacía prácticamente imposible alinear al Senado para sacar adelante las reformas estratégicas del nuevo gobierno.
La llegada de “Nacho” Mier al pastoreo de los senadores de Morena y a la presidencia de la JUCOPO no es casual ni improvisada. Responde a la lógica clara de transición política, operación legislativa y lealtad institucional. Mier entiende que el nuevo eje del poder esta en Palacio Nacional y no en Palenque.
La elección intermedia de 2027 y la presidencial de 2030 ya están presentes en cada decisión estratégica. Para llegar con fuerza a esas citas, Sheinbaum necesita un Congreso disciplinado, gobernadores alineados y un partido sin cacicazgos, sin figuras contaminadas y sin operadores que jueguen por la libre.
El mensaje hacia dentro de Morena es contundente: nadie es indispensable y nadie tiene patente de impunidad política.
Con el desgaste que arrastran Adán Augusto y Fernandez Noroña, queda claro que varias de las corcholatas del obradorismo se quedaron en el camino. El mito de la sucesión ordenada se desmorona y solo sobreviven quienes entendieron a tiempo que el poder ya cambio de manos. Ahí están Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal.
Falta por caer Ruben Rocha Moya, quien se presume en pocos días dejará la gubernatura de Sinaloa, lo que abriría la puerta a elecciones extraordinarias en una de las entidades más golpeadas por la violencia y la ingobernabilidad.
La pregunta ya no es si Claudia Sheinbaum ejercerá el poder, sino hasta donde está dispuesta a llegar para consolidarlo.
