por Eduardo Rodriguez
Morena: mucho poder, pocos resultados.
Morena tiene una habilidad que pocos partidos han conseguido desarrollar con tanta eficacia: convertir sus triunfos electorales en una narrativa de éxito permanente. Para sus dirigentes, ganar elecciones, entregar apoyos sociales y repetir que millones de mexicanos respaldan la Cuarta Transformación parecen argumentos suficientes para justificar prácticamente cualquier decisión de gobierno.
Pero hay una diferencia enorme entre ganar el poder y saber ejercerlo.
Sería deshonesto negar algunos de sus resultados. El incremento al salario mínimo ha beneficiado a millones de trabajadores y, de acuerdo con el INEGI, entre 2018 y 2024 aproximadamente 13.4 millones de mexicanos salieron de la pobreza. Reconocerlo no es simpatizar con Morena, es simplemente ser objetivos.
El problema comienza cuando esos avances se utilizan como un cheque en blanco para ignorar sus pendientes. Porque un gobierno no se mide únicamente por cuánto dinero entrega, sino por las oportunidades que genera, los servicios que garantiza y las instituciones que fortalece.
Y ahí el balance es preocupante.
La deuda pública se ha incrementado considerablemente, mientras el crecimiento económico sigue siendo insuficiente. En 2025, México apenas creció 0.7 por ciento. En salud, la desaparición del Seguro Popular, la fallida transición al INSABI y los persistentes problemas de medicamentos dejaron profundas consecuencias. La población sin acceso a servicios de salud pasó de 20.1 millones en 2018 a 50.4 millones en 2022, según el CONEVAL.
En educación tampoco basta con cambiar libros de texto o anunciar nuevos proyectos: el país necesita mejores aprendizajes y oportunidades reales para sus jóvenes. Y las grandes obras, como el AIFA, el Tren Maya y Dos Bocas, deben evaluarse por sus resultados y rentabilidad, no por su propaganda.
Pero quizá la mayor preocupación está en la manera en que Morena entiende el poder. La concentración de decisiones, el debilitamiento de contrapesos y la confrontación con quienes piensan diferente alimentan una visión peligrosa: creer que una mayoría electoral otorga autoridad absoluta.
Una democracia no consiste solamente en contar votos; también exige respetar instituciones, garantizar libertades y entender que nadie es propietario del país.
Morena ha sido eficaz para ganar elecciones y controlar la narrativa pública. Sin embargo, ningún discurso puede sustituir indefinidamente a la realidad.
La crítica no debería partir del deseo de que fracase, sino de la exigencia de que gobierne mejor. México necesita seguridad, hospitales que funcionen, educación de calidad, crecimiento económico y oportunidades para que las familias no dependan eternamente de un programa social.
Porque entregar apoyos es importante, pero construir un país donde cada vez menos personas los necesiten debería ser todavía más importante.
Morena tiene derecho a presumir sus triunfos, pero no a confundir popularidad con eficacia, mayoría con razón absoluta ni propaganda con resultados.
Al final, ganar una elección otorga el poder; gobernar bien es lo que verdaderamente lo justifica y en eso, Morena sigue teniendo una asignatura pendiente con las y los mexicanos.