Soberanía en oferta: cuando la cooperación empieza a parecer tutela
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay palabras que en política internacional funcionan como perfume: huelen bien, pero no siempre cubren lo que realmente hay debajo. Cooperación, por ejemplo. O asistencia. O la más reciente: acompañamiento. Según reportó The New York Times, Washington quiere que fuerzas de Operaciones Especiales de Estados Unidos o agentes de la CIA “acompañen” a soldados mexicanos en redadas contra laboratorios de fentanilo. Suena amable. Casi solidario. Pero también suena peligrosamente parecido a algo que México conoce bien: intervención con otro nombre.
En el papel, la propuesta es elegante: los estadounidenses no mandarían, solo asesorarían; no operarían, solo apoyarían; no decidirían, solo compartirían inteligencia. En la realidad, estaríamos hablando de fuerzas armadas de una potencia extranjera armadas, en territorio mexicano, participando en operativos de seguridad interna. Y ahí es donde la semántica diplomática se estrella contra la Constitución y contra un principio básico del Estado mexicano: la soberanía no se subcontrata.
El problema no es que Estados Unidos quiera combatir el fentanilo. Tiene razones de sobra. La droga ha provocado una crisis de salud pública devastadora y se ha convertido en un tema político central en Washington. El problema es que, en su prisa por mostrar mano dura, Estados Unidos empieza a mirar a México no como socio, sino como escenario. Y en política internacional, cuando te conviertes en escenario, otros escriben el guion.
Cuando el vecino confunde frontera con propiedad.
La llamada reciente entre Donald Trump y Claudia Sheinbaum ocurre en un contexto revelador. Trump ha vuelto a sugerir —con su estilo directo y poco diplomático— que los cárteles “controlan” México. Y cuando un presidente estadounidense dice eso, no está describiendo: está preparando el terreno para justificar acciones.
No es casualidad que Washington haya insistido en esta propuesta tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses. El mensaje es claro: “Si podemos hacerlo allá, también podemos hacerlo acá”. La diferencia, por supuesto, es que México no es Venezuela, ni en peso económico, ni en relación comercial, ni en interdependencia estratégica. Pero el riesgo está ahí: que se empiece a normalizar la idea de que Estados Unidos puede operar militarmente en países que considera “problemáticos”.
Y aquí aparece una ironía incómoda: México lleva años colaborando con Estados Unidos en seguridad. Hay intercambio de inteligencia, trabajo conjunto en puertos, monitoreo de precursores químicos, cooperación policial y militar. No es un país aislado ni renuente a cooperar. Lo que Washington ahora pide no es más cooperación, sino más presencia. Y eso es un salto político, jurídico y simbólico de enormes consecuencias.
La línea que no se puede cruzar.
Permitir que agentes de la CIA o tropas de Operaciones Especiales entren a México a participar en redadas, aunque sea bajo mando mexicano, abre una puerta que difícilmente se cierra. Hoy es fentanilo. Mañana puede ser migración. Pasado mañana, terrorismo, lavado de dinero o cualquier etiqueta que resulte útil en el Congreso estadounidense.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos de cómo estas “ayudas temporales” se convierten en dependencias permanentes. No porque haya mala fe explícita, sino porque el poder —como el agua— siempre busca filtrarse por donde puede.
Sheinbaum ha rechazado la propuesta, y lo ha hecho con un argumento simple pero contundente: la Constitución no lo permite. Esa respuesta, más que ideológica, es institucional. Porque un Estado que renuncia a controlar quién entra armado a su territorio deja de ser plenamente Estado.
El dilema real.
México no puede ignorar a Estados Unidos. La economía, el comercio, la migración y la seguridad están entrelazados. Pero tampoco puede aceptar una lógica en la que cada crisis estadounidense se resuelve con botas extranjeras en suelo mexicano.
El verdadero reto no es elegir entre cooperación o soberanía, sino definir una cooperación que no erosione la soberanía. Eso implica inteligencia compartida, controles en puertos, presión financiera a los cárteles, regulación de armas en Estados Unidos y políticas de salud pública en ambos lados de la frontera. Todo eso es más difícil que mandar comandos. Pero también es más eficaz.
Al final, el fentanilo no se combate solo con fusiles, y la relación bilateral no se fortalece con ultimátums disfrazados de ayuda. México no necesita que lo “acompañen” con rifles ajenos. Necesita un socio que entienda que la soberanía no es un estorbo para la cooperación: es su condición mínima.
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