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La Palabra del Giocondo

Tiptip MX por Tiptip MX
julio 8, 2026
en Opinión
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El Mundial que puso a dormir al Crimen.

Por: Alejandro Flores de la Parra.

Durante años, México ha buscado la fórmula para reducir la violencia. Se han anunciado estrategias, reformado corporaciones, creado nuevas instituciones y desplegado miles de elementos de seguridad. Sin embargo, nadie imaginó que una de las herramientas más efectivas para disminuir los homicidios dolosos sería un balón rodando sobre el césped.
Las tres entidades mexicanas sede de la Copa Mundial 2026 —la Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León— registraron durante junio una reducción de 31% en homicidios dolosos respecto al mismo mes del año anterior. La cifra pasó de 195 víctimas en 2025 a 135 en 2026.
La disminución no fue menor: la capital del país pasó de 65 asesinatos a 59; Jalisco redujo sus cifras de 68 a 47 y Nuevo León prácticamente partió el problema a la mitad, al pasar de 62 a apenas 29 casos. El promedio diario quedó en 4.5 víctimas entre las tres entidades.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿el problema era la violencia o la ausencia de suficientes turistas extranjeros y cámaras internacionales apuntando hacia nosotros?
Los especialistas ofrecen explicaciones perfectamente razonables. La llamada Teoría de las Actividades Rutinarias sostiene que para que ocurra un homicidio deben coincidir un agresor, una víctima disponible y la ausencia de alguien capaz de impedirlo. Durante el Mundial, las rutinas cambiaron. Millones de personas alteraron horarios, rutas y hábitos; las calles se llenaron de aficionados y la presencia policial aumentó considerablemente.
En términos simples: era más difícil matar a alguien cuando había policías, soldados, cámaras, drones y periodistas en prácticamente cada esquina.
La estrategia tampoco fue improvisada. Desde marzo, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, encabezada por Omar García Harfuch, puso en marcha el llamado Plan Kukulkán, un operativo que involucró a más de veinte dependencias federales, coordinación internacional y colaboración con la FIFA y los gobiernos de Estados Unidos y Canadá.
El resultado fue contundente: cuando el Estado decidió mostrar todos sus músculos de seguridad al mismo tiempo, la violencia retrocedió.
Y ahí aparece la ironía política del asunto.
Porque si el despliegue institucional, la vigilancia intensiva, la inteligencia y la coordinación funcionan durante un Mundial para proteger la imagen internacional del país, la ciudadanía podría preguntarse por qué esas mismas condiciones no pueden convertirse en la normalidad y no en una excepción reservada para cuando llegan las cámaras del mundo.
Tal vez el crimen organizado también entiende de relaciones públicas. Quizá descubrió que un homicidio junto a una fan zone tiene peor impacto mediático que uno ocurrido en la rutina cotidiana de cualquier colonia mexicana.
Los criminólogos advierten, con razón, que este fenómeno suele ser temporal. Ocurre en Navidad, durante el Día de las Madres, en celebraciones religiosas y en grandes eventos deportivos: las dinámicas sociales cambian y con ellas las oportunidades delictivas. Terminada la fiesta, la realidad suele reclamar nuevamente el marcador.
La verdadera lección del Mundial, entonces, no es que el futbol sea una política pública de seguridad ni que debamos organizar un torneo cada verano para mantener la paz social.
La enseñanza es mucho más incómoda para la clase política: el Estado sí tiene capacidad para modificar los entornos donde florece la violencia cuando existe suficiente voluntad, coordinación y presión para hacerlo.
El desafío comenzará precisamente ahora, cuando los estadios vuelvan a ser estadios, los turistas regresen a casa y las cámaras internacionales busquen otro escenario.
Será entonces cuando sabremos si la reducción de homicidios fue una victoria táctica del Estado mexicano o simplemente el equivalente estadístico a los fuegos artificiales de una ceremonia de clausura: espectaculares, memorables y, sobre todo, pasajeros.

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