Europa toca la puerta… y México descubre que tiene más vecinos que Washington.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Mientras buena parte del debate político mexicano sigue atrapado entre las campañas permanentes, las mañaneras y las guerras de hashtags, en Bruselas ocurrió algo que podría redefinir el tablero económico de la próxima década: el Parlamento de la Unión Europea aprobó con amplia mayoría la modernización del acuerdo comercial con México y todo apunta a que entrará en vigor a principios del próximo año.
La noticia pasó casi de puntitas en el debate nacional. Quizá porque los acuerdos comerciales no producen la adrenalina política de una reforma electoral ni generan la rentabilidad mediática de un escándalo. Sin embargo, pocas decisiones tendrán un impacto económico y geopolítico tan profundo como ésta.
Durante más de tres décadas, México construyó su estrategia comercial bajo una lógica sencilla: si Estados Unidos estornuda, nosotros buscamos el pañuelo. El mercado estadounidense se convirtió en destino, refugio y, en ocasiones, dependencia. La fórmula produjo crecimiento, inversión y cadenas productivas altamente integradas, pero también dejó una lección incómoda: cuando un solo cliente concentra demasiado poder, la negociación deja de parecerse a una asociación y comienza a parecerse a una relación tóxica.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró esa reflexión tanto en México como en Europa. Los aranceles, las amenazas comerciales y las decisiones unilaterales de Washington han recordado a muchos gobiernos que la globalización sigue existiendo, pero ahora viaja acompañada de geopolítica y desconfianza estratégica.
Por eso el nuevo acuerdo no trata únicamente de quesos europeos, automóviles alemanes o maquinaria industrial. En realidad, representa algo mucho más relevante: la decisión de ambas partes de reducir vulnerabilidades y diversificar riesgos.
Europa ve en México una puerta de entrada privilegiada hacia Norteamérica. México observa en Europa un contrapeso político y económico que puede ofrecer margen de maniobra frente a las turbulencias del vecino del norte. En diplomacia comercial eso tiene un nombre elegante: diversificación. En política cotidiana podría resumirse de forma más sencilla: nunca es buena idea depender demasiado del humor de una sola persona a seis mil kilómetros de distancia.
Los números ayudan a entender el entusiasmo europeo. Bruselas estima que sus exportaciones podrían aumentar hasta 75% y que sus empresas ahorrarían alrededor de 100 millones de euros en costos aduaneros. Para México también existen oportunidades importantes en manufactura, tecnología, minerales y cadenas de suministro de alto valor agregado.
Claro que tampoco conviene caer en romanticismos atlánticos. Los acuerdos comerciales no tienen amigos; tienen intereses. Europa no está haciendo filantropía y México tampoco debería hacerlo. La pregunta relevante no es si el acuerdo beneficiará a la economía, sino quién capturará esos beneficios y quién volverá a quedarse viendo pasar los contenedores desde la banqueta.
La ratificación que aún falta en el Senado mexicano será, por tanto, mucho más que un trámite legislativo. Será una prueba de madurez estratégica para un país que durante años miró hacia el norte porque ahí estaba el negocio, y que ahora descubre que el mundo tiene más puertas abiertas de las que imaginaba.
Después de todo, en tiempos de muros, aranceles y nacionalismos económicos, diversificar socios comerciales podría convertirse en el acto más pragmático —y quizás más revolucionario— de la política exterior mexicana.