La democracia bajo llave.
Coordinadores hoy, candidatos mañana.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Morena se ha proclamado alguna vez “el partido más democrático de México” y ha defendido las encuestas como la fórmula mediante la cual “el pueblo manda”. La frase, pronunciada por Mario Delgado desde 2022, envejece de manera peculiar frente al proceso con el que el partido está definiendo a sus coordinadores estatales rumbo a 2027.
Porque, aparentemente, en la democracia más democrática de todas, primero se conoce al ganador y después se conoce cómo ganó.
Ariadna Montiel anunció este martes que Morena hará públicas las encuestas y explicará detalladamente sus resultados y metodología. Hay solamente un pequeño detalle: ocurrirá después de que hayan sido definidos los 17 coordinadores estatales. Hasta ahora se han resuelto diez.
Es una concepción interesante de la transparencia: revelar el procedimiento cuando el procedimiento ya terminó.
La transparencia diferida podrá servir para el archivo histórico, pero difícilmente para generar certeza durante una competencia. Si una encuesta decide quién avanza, conocer oportunamente su metodología, muestra, cuestionario y resultados no debería ser una concesión posterior, sino parte de la legitimidad del mecanismo.
Eso no significa demostrar que hubo fraude. Precisamente ése es el problema: cuando faltan datos públicos, la discusión abandona el terreno de la evidencia y entra al de la sospecha. Y pocas cosas producen más conflictos políticos que pedir confianza cuando podrían ofrecerse números.
Montiel sostiene que PT y PVEM sí participaron, que sus aspirantes fueron medidos y que las encuestas espejo coincidieron con Morena. Incluso explicó que hubo al menos tres mediciones en cada estado. Es una defensa razonable del procedimiento. Pero mientras los resultados permanezcan reservados, los inconformes tienen que aceptar la palabra del organizador de la competencia acerca de que la competencia estuvo bien organizada.
La ironía aumenta con el nombre de los elegidos.
Morena se resiste todavía a llamarlos candidatos o siquiera precandidatos. Son “coordinadores estatales de defensa de la transformación”. No es simplemente creatividad semántica. Electoralmente existe una diferencia jurídica relevante: el Tribunal Electoral ha sostenido que elegir una coordinación partidista no constituye automáticamente una precampaña, siempre que sus actos permanezcan dentro de determinados límites y no se conviertan, por ejemplo, en llamados electorales anticipados dirigidos a la ciudadanía.
Así que, jurídicamente, la denominación tiene sustento. Políticamente, sin embargo, cuesta fingir sorpresa sobre el destino probable de quienes resulten coordinadores justo antes de las elecciones de 2027.
México ha perfeccionado así una curiosa disciplina política: todos sabemos de qué hablamos, mientras respetemos escrupulosamente la ficción de llamarlo de otra manera.
El riesgo mayor para Morena, sin embargo, quizá no esté en los tribunales sino dentro de su propia coalición.
Reginaldo Sandoval, coordinador del PT en la Cámara de Diputados, ya advirtió que la alianza podría fracturarse y acusó a Morena de desdeñar a sus socios. Del otro lado, Manuel Velasco, coordinador del PVEM en el Senado, pidió transparencia en las encuestas y recordó algo elemental para cualquier coalición: ninguna elección debería afrontarse con soberbia.
Y la columna Confidencial de El Financiero, atribuyendo la versión a fuentes petistas y verdes no identificadas, asegura que a Citlalli Hernández “se le acabó el encanto” entre quienes meses atrás veían en ella una interlocutora capaz de facilitar los acuerdos rumbo a 2027. La versión debe entenderse precisamente como eso: información de una columna política; pero encaja en un malestar que PT y PVEM ya expresan públicamente.
Ahí aparece la verdadera paradoja.
Morena posee actualmente una fortaleza electoral que sus aliados no tienen. Pero precisamente por eso puede cometer el error clásico de los partidos dominantes: confundir poder con autosuficiencia.
Las coaliciones funcionan mientras todos reciben alguna razón para permanecer en ellas. Cuando las decisiones importantes comienzan a conocerse antes que sus fundamentos, los aliados dejan de preguntarse cuánto ganan permaneciendo juntos y empiezan a calcular cuánto podrían obtener caminando separados.
Morena todavía puede publicar sus encuestas, aclarar sus métodos y contener las inconformidades. Pero cuanto más tarde lo haga, más difícil será distinguir entre transparencia y control de daños.
Porque la democracia no consiste solamente en contar votos o levantar encuestas.
También consiste en que quien pierde pueda entender por qué perdió.
Y eso, paradójicamente, parece ser lo que el partido que alguna vez se proclamó como el más democrático de México está dejando para el final.