Así como estamos, ¿estamos bien?
Ya llevamos una semana con Claudia Sheinbaum al frente de la administración pública federal, sin que hasta ahora, se haya sentido una diferencia sustancial en la manera de gobernar aunque, vamos, que va muy poco tiempo y no es como que la presidenta sea ajena a las formas de Andrés Manuel. Sin embargo y lo que realmente llama la atención, es que quizá quiere ser diferente, actuar diferente, gobernar diferente pero, o no se atreve, o de plano es más introvertida y pasiva de lo que se pensaba. En el arranque de su administración, tiene dos temas apremiantes en lo que, si hubiera querido, pudo haber marcado una notable diferencia a las formas de su antecesor, pero ni se ha pronunciado de manera tajante respecto al tema de violencia en Sinaloa, que no tiene para cuando; ni fue capaz de, al visitar la costa Guerrerense, acercarse al pueblo del que tanto se ufana que tiene el respaldo y por ellos trabaja. Mal indicio. No se puede quitar el grillete, trae bien fija la anteojera o la gríngola, porque parece no poder dar un paso sola, sin que la guíen y hasta donde la dejen.
Si las mañaneras ya eran tediosas y poco productivas, al menos en el sentido de que lo que ahí se decía, realmente sucediera o se estuviera haciendo, la presidenta les puso tema, y como menú de cocina económica del centro, va a haber de lo mismo, los mismos días de la semana. Sabíamos que se decía científica, pero no habíamos reparado en lo ñoña y aburrida que podía ser su forma de gobernar. El discurso, igual de irascible cuando se le cuestiona o critica; igual de necio y cerrado cuando de justificar se trata. Ahora, no quiero decir con esto, que no crea que pueda ser una buena presidenta; yo, en verdad lo creo, pero debe, pronto, dejar atrás los vicios ajenos y empezar a caminar su propio camino.
El país no está como se lo pintaron, ni como ella misma nos quiere hacer creer que lo recibió. Ella lo sabe, sabe que México está hiper endeudado, pues su antecesor aumentó la deuda en más de un 60 por ciento de lo que lo hizo el último gobierno “neoliberal”. El sistema de salud pública está moribundo y la falacia danesa y la sarta de mentiras dichas hasta hace unas semanas, no empatan con un IMSS Bienestar que no ha arrancado del todo, que aún carece de infraestructura digna, de personal suficiente y, sobre todo, de medicamentos. Pero tampoco tiene un avance en materia de prevención, porque los programas sociales entregados no permitieron que la gente compre más ni mejores alimentos, sino que sigue alimentándose con alimentos y bebidas procesadas, con exceso de sodio, de azúcares y de otras sustancias que, poco a poco, le siguen acercando a una muerte prematura y costosa.
La presidenta cree que aumentar el valor del salario mínimo mejoró la vida de los mexicanos y propone hacerlo de nuevo, lo que no pensó, o no nos va a decir, es que son menos de doscientos mil personas las que ganaban ese nivel de salario. Se subió y qué bueno, pero ojalá la Secretaría de Hacienda actualice sus tabuladores del Impuesto sobre la Renta (ISR), porque de no hacerlo, pagando un salario mínimo se debería retener 754 pesos al trabajador, lo que lo dejaría con un aumento, en términos reales, de solo el 2 por ciento sobre su ingreso neto, dejando que quien gane más sea el Sistema de Administración Tributaria (SAT) y no los trabajadores. Además, la inflación actual es la más alta en los últimos 24 años, lo que debilita el poder adquisitivo de los mexicanos, por mucho que ganen más y reciban más apoyos.
Hacer votaciones a mano alzada en eventos donde le acarrean gente, no va a legitimar las decisiones de reformar al Poder Judicial, al contrario, ponerse a pelear con el contrapeso que la misma Constitución prevé, solo hace que haya un desgaste mayor, que la sociedad se harte y que, cuando lleguen los jueces elegidos por el pueblo y se le quiten los privilegios, como juran en todo, y no haya resultados en un sistema de justicia más pronto y expedito, pero sobre todo, realmente justo, seguirá acarreando ese desprestigio del que, poco a poco, se le irá filtrando en su imagen.
La educación es un tema impostergable, que en manos de políticos como Mario Carrillo, y de remedos, como Miguel Torruco, no va a mejorar la realidad social. Somos un país ignorante y conformista, que vive una época postpandemia en la que nadie está trabajando por avanzar y en el que el rezago se está convirtiendo en una enfermedad. Muchos dicen que, lo que conviene al régimen, es un país poco preparado, como lo fue siempre para el PRI. Espero que, tan científica como se presume, no deje de lado sus convicciones y anteponga la academia a la política.
En fin, van siete días de lo mismo, de no hacer nada para cambiar y de tratar de convencernos que, así como estamos, estamos bien.
La Palabra del Giocondo
El Mundial de las protestas; un manual para tener a todos descontentos, en los tiempo de la 4T.Por: Alejandro...