“América Primero… y México, a remolque”: La obsesión arancelaria de Trump y la diplomacia agachada de Sheinbaum
Por: Alejandro Flores de la Parra
La política arancelaria de Donald Trump no ha sido precisamente un tratado de buenas costumbres comerciales. Desde que gritó “America First” como mantra electoral y lo convirtió en doctrina oficial de su primer mandato, el magnate neoyorquino dejó en claro que los tratados, como el T-MEC, eran flexibles… al capricho del ocupante de la Casa Blanca. Y en esta segunda ronda electoral —donde, contra todo pronóstico y código de decencia política, amenaza con reelegirse— Trump parece decidido a resucitar su cruzada de aranceles como si fueran las trompetas del apocalipsis proteccionista.
Trump y sus “tarifas patrióticas”: ¿estrategia o berrinche?
En 2018, Trump impuso aranceles del 25% al acero y del 10% al aluminio a México y Canadá, bajo el pretexto de la “seguridad nacional” —porque claro, todos sabemos que las ollas exprés mexicanas son potenciales armas de destrucción masiva. Esta medida, según datos del Banco Mundial, elevó artificialmente los precios de insumos clave para la industria estadounidense, generando distorsiones en sus propias cadenas de suministro. No obstante, Trump defendió estos impuestos como una forma de castigar a los “abusadores” del sistema de libre comercio… como si México fuera el matón del recreo.
Según la OCDE, entre 2018 y 2019, estas políticas provocaron una caída del 1.3% en el crecimiento del comercio internacional de bienes. México, evidentemente, no salió ileso: el sector manufacturero nacional registró una desaceleración del 2.2%, según cifras de la Secretaría de Economía. Particularmente afectado fue el sector automotriz, donde las amenazas de aranceles del 25% a vehículos ensamblados en México causaron pánico en inversionistas y ejecutivos. ¿El resultado? Diversas automotrices congelaron o desviaron inversiones previstas hacia otras latitudes.
México: socio comercial… y rehén político
Para Trump, México es el socio con el que se puede firmar un tratado un lunes, insultar el martes y chantajear el miércoles. El T-MEC, firmado en 2020, fue vendido como una “renegociación histórica” que en realidad mantuvo gran parte del antiguo TLCAN, pero con más cláusulas para controlar a los trabajadores mexicanos que para protegerlos. El artículo 32.10 del T-MEC —también conocido como “la cláusula China”— limita la posibilidad de firmar tratados con economías no de mercado, una joya de la extraterritorialidad trumpiana.
Pese a estas condiciones, la administración actual de Claudia Sheinbaum parece decidida a no incomodar al vecino del norte. Al contrario, la postura mexicana ha sido tan tibia que ni siquiera calienta tortillas. Mientras Trump amenaza con un arancel generalizado del 10% a todas las importaciones mexicanas si no se detiene el flujo migratorio, el gobierno federal responde con declaraciones de “respeto mutuo” y promesas de cooperación. Una diplomacia que más parece coaching emocional que estrategia comercial.
Sheinbaum: ¿neutralidad diplomática o sumisión comercial?
El problema no es la voluntad de mantener una relación estable con EE.UU. —lo cual es lógico y deseable—, sino la ausencia total de una postura firme que defienda el interés nacional. Según datos del INEGI, más del 82% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Esto significa que cada ocurrencia arancelaria de Trump es una amenaza directa al sustento de millones de empleos. Particularmente en los sectores primario (agroexportaciones de aguacate, tomate, cerveza, tequila) y secundario (automotriz, electrodomésticos, autopartes), que son el corazón de la economía exportadora del país.
En 2024, por ejemplo, las exportaciones agroalimentarias mexicanas alcanzaron los 53 mil millones de dólares, según cifras de la Secretaría de Agricultura. Un arancel de apenas el 5% tendría impactos catastróficos en regiones agrícolas enteras del país. Y sin embargo, la cancillería mexicana guarda un silencio que ni el Santo Oficio habría envidiado.
“No podemos diseñar nuestra economía para que le guste a Trump”
La verdadera tragedia aquí no son los aranceles en sí, sino la forma en que México se acomoda, casi con docilidad, a los caprichos del vecino. En un sistema multilateral que se precie de serlo, ningún país debería diseñar su estrategia económica para complacer a otro. El argumento de “evitar tensiones” ha servido para justificar desde la militarización de la frontera sur hasta el despliegue de la Guardia Nacional como policía migratoria de Washington.
Lo irónico —y trágico— es que mientras Estados Unidos promueve su industria con subsidios y barreras (véase el Inflation Reduction Act), México se presenta como el alumno obediente que teme al regaño. No es valentía diplomática, es síndrome de Estocolmo comercial.
¿Acuerdo o chantaje con firma?
Trump no inventó el proteccionismo, pero lo volvió espectáculo. Y México, lejos de reaccionar con estrategia, parece asumir el papel del extra que aplaude cada que el protagonista grita “¡tarifas!”. Claudia Sheinbaum tiene ante sí la oportunidad de replantear una política comercial soberana, que priorice el bienestar nacional sobre las amenazas externas. Pero para eso se necesita algo más que declaraciones cautelosas: se necesita carácter.
Si el gobierno mexicano sigue diseñando su política económica en función del humor del inquilino de la Casa Blanca, no sólo estaremos exportando aguacates: estaremos exportando también nuestra dignidad.
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