Pemex 2027: la secuela de la utopía energética versión 4T.
Por: Alejandro Flores de la Parra
Este martes, con el aplomo de quien presenta el descubrimiento del agua tibia, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció en su mañanera la flamante Estrategia Integral de Capitalización y Financiamiento de Petróleos Mexicanos, una especie de plan maestro que, según la narrativa oficial, permitirá a Pemex operar sin recursos públicos a partir de 2027. ¿La fórmula mágica? Un ajuste al marco fiscal petrolero que reducirá las transferencias que la paraestatal debe hacer a Hacienda —de un histórico 65% de sus utilidades a no más del 30%— y la promesa de un fondo de inversión de Banobras por 250 mil millones de pesos. ¿Suena conocido? Así es: una vez más, asistimos al estreno de la ya clásica obra sexenal titulada “El rescate de Pemex”, esta vez en versión Sheinbaum, con más tecnocracia y menos mañanera improvisada.
Un Pemex libre… pero pobre.
El núcleo de la estrategia está en la reforma a la Ley de Ingresos sobre Hidrocarburos, que redefine el llamado “Derecho Petrolero para el Bienestar”, ese eufemismo que, en la práctica, ha mantenido a Pemex como el mayor mecenas del gasto público mexicano. A partir de ahora, la empresa podrá retener hasta el 70% de sus utilidades, lo que le permitirá (en teoría) capitalizarse, reinvertir en infraestructura, reducir su deuda y —agárrense— competir en el mercado energético global sin necesidad del subsidio estatal.
La narrativa es impecable. El problema es la realidad.
Pemex arrastra una deuda financiera de más de 106 mil millones de dólares (según datos de su reporte al primer trimestre de 2025), con vencimientos crecientes, una base de producción estancada en torno a 1.6 millones de barriles diarios (lejos de los más de 2 millones prometidos en el sexenio pasado), y una red de refinerías que, incluso con Dos Bocas funcionando “a medias”, sigue sin abastecer de manera suficiente el mercado nacional de combustibles.
Banobras al rescate… ¿o al incendio?
La otra pata del anuncio de Sheinbaum es el fondo de inversión de 250 mil millones de pesos —poco más de 14 mil millones de dólares— que Banobras pondrá a disposición de Pemex para proyectos productivos. Sí, Banobras, el banco que tradicionalmente financia carreteras y obras municipales, ahora jugará al “venture capital” energético. Nadie sabe exactamente qué proyectos serán financiados, ni qué tasas de retorno esperan, ni qué garantías existen si la cosa sale mal. Pero no importa: lo crucial era decirlo en la mañanera y provocar el aplauso de los que aún creen que Pemex puede resucitar sin cirugía mayor.
La presidenta, a diferencia de su antecesor, evitó las frases vagas sobre autosuficiencia y se notó mucho más cómoda explicando cifras, marcos regulatorios y hasta cronogramas. Por fin alguien que lee las notas técnicas antes de hablar, podría decirse. Pero también hay que reconocer que este nuevo enfoque más “académico” no disimula el hecho de que estamos, otra vez, frente a una promesa reciclada con empaque más elegante.
El eterno retorno del rescate petrolero.
Desde tiempos de Zedillo y Fox, que es desde donde puedo dar constancia, pasando por Calderón, Peña y AMLO, rescatar a Pemex se ha vuelto una especie de ritual político con incienso de soberanía energética. Cada sexenio lo intenta, cada sexenio fracasa. Pero la 4T elevó el ritual a nivel místico. López Obrador convirtió a Pemex en el tótem de su cruzada nacionalista: lo blindó presupuestalmente, lo endeudó para construir Dos Bocas (que sigue sin producir gasolina de manera estable), y declaró una supuesta guerra al huachicol que, al final, terminó siendo más simbólica que efectiva.
No lo digo yo, lo admitió tácitamente la propia Sheinbaum hace unas semanas, al reconocer que el robo de combustibles sigue siendo un problema de “alta complejidad” y que la estrategia pasada fue insuficiente. A eso hay que sumar el golpe más reciente: el descubrimiento de redes internacionales de contrabando de combustible —el llamado huachicol fiscal— que, según estimaciones de la ASF y especialistas del sector, ha provocado pérdidas de hasta 200 mil millones de pesos anuales, con vínculos que van desde aduanas hasta transnacionales con sede en Houston.
¿Y la producción? Bien, gracias
El otro gran elefante en la sala es la producción. Aunque se habla de capitalizar Pemex, la empresa enfrenta un serio problema estructural: sus reservas probadas están en descenso (de 7.4 mil millones de barriles en 2019 a 6.2 mil millones en 2024, según CNH), sus costos de extracción son más altos que el promedio internacional, y el atractivo del petróleo mexicano se diluye en un mercado global que avanza hacia energías limpias a pasos acelerados.
El plan 2027 de Sheinbaum no incluye, al menos hasta ahora, una estrategia de diversificación energética ni una reforma real al modelo de negocio de Pemex. Es, más bien, un intento de oxigenar las finanzas de la empresa sin alterar su ADN: una estructura burocrática, ineficiente y atada al capricho político del gobierno en turno.
Un cierre con olor a déjà vu.
Claudia Sheinbaum tiene algo que su antecesor nunca tuvo: interés por los detalles. Su presentación de la estrategia fue técnica, ordenada y hasta creíble… hasta que uno recuerda que los números de Pemex no mienten y que, salvo un milagro geológico o financiero, el sueño de un Pemex autosuficiente en 2027 luce tan probable como una refinería funcionando al 100% en Dos Bocas antes del próximo Mundial.
¿Será este el sexenio en que finalmente se logre el ansiado rescate de la petrolera? Ojalá. Pero si la historia reciente nos enseña algo, es que en México siempre estamos a tres años de que Pemex por fin se vuelva rentable.
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