Entre promesas y facturas: la herencia fiscal de la 4T.
Por: Alejandro Flores de la Parra
Este miércoles, el coordinador de los diputados de Morena, Ricardo Monreal Ávila, apareció con la serenidad de quien intenta vender calma en medio de un huracán fiscal. Declaró que el Paquete Económico 2026 “no traerá nuevos impuestos”, que la presidenta Claudia Sheinbaum todavía revisa detalles con Hacienda, y que, aunque no cree que la Miscelánea Fiscal ni la Ley de Ingresos incluyan nuevas contribuciones, tampoco puede cerrar del todo la puerta a “ajustes”, dada la creciente presión presupuestal. Salud, educación, programas sociales, daños por lluvias y, cómo no, deuda pública, son los fantasmas que ya rondan la caja registradora nacional.
El problema es que esta película ya la vimos: se promete no cobrar más impuestos, se jura que la deuda está bajo control y se presume que acabar con la corrupción era suficiente para financiar el paraíso social. La realidad, sin embargo, ha resultado menos cinematográfica y más contable. Ni el combate a la corrupción rindió lo esperado, ni la disciplina fiscal ha sido ejemplo para los manuales. Al final, la deuda creció como nunca y los compromisos heredados pesan como ladrillo mojado en la mochila de Sheinbaum.
La deuda: esa verdad incómoda.
Durante la campaña de Andrés Manuel López Obrador, se nos repitió hasta el cansancio que el “gran mal” de México era la corrupción y que, una vez desterrada, el país nadaría en abundancia. “No hará falta endeudar más al país, ni subir impuestos”, prometía con sonrisa de redentor. Hoy, a seis años de distancia, los números oficiales pintan otra realidad.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda y análisis de México Evalúa, la deuda pública creció más de 3.2 billones de pesos entre 2018 y 2024, un aumento cercano al 23 % respecto al nivel recibido. En total, al cierre del sexenio de López Obrador, la deuda neta llegó a 17.4 billones de pesos, lo que equivale a más del 51 % del PIB. Para ponerlo en perspectiva, en 2018 el saldo rondaba el 44 %. Es decir, sí hubo endeudamiento, y mucho.
El déficit público alcanzó en 2024 un nivel récord de 5.9 % del PIB, el más alto en tres décadas. ¿Cómo se explica? Simple: el gasto fue mayor al ingreso. Los ingresos tributarios apenas crecieron, y la recaudación, lejos de ampliarse, se sostuvo básicamente por el IVA y el ISR, mientras los ingresos petroleros se desplomaban. Resultado: la deuda fue el salvavidas… o, mejor dicho, la tarjeta de crédito.
Aquí cabe una ironía que no se puede resistir: si de verdad se acabó la corrupción —como se presume—, ¿por qué la deuda se disparó a niveles históricos? O bien la corrupción no se acabó, o bien era solo un argumento publicitario para no hablar de lo evidente: gobernar cuesta, y mucho.
El lastre de las megaobras.
Si algo distingue a la 4T es la obsesión por las “obras emblemáticas”. El Aeropuerto Felipe Ángeles, la Refinería de Dos Bocas y el Tren Maya fueron presentados como símbolos de soberanía y progreso. Lo cierto es que se convirtieron en auténticos agujeros negros del presupuesto.
El AIFA, que supuestamente costaría 75 mil millones de pesos, ha superado ya los 115 mil millones, y aun así opera con menos vuelos que el aeropuerto de Toluca. La Refinería de Dos Bocas, con un presupuesto inicial de 160 mil millones, ya se tragó más de 360 mil millones y todavía no refina un solo litro de gasolina. El Tren Maya es quizá el campeón: entre sobrecostos, cambios de trazo y daños ambientales, el presupuesto original de 150 mil millones se ha triplicado. Se descarriló, y no me refiero al accidente de hace unos días.
Si a eso sumamos los casos de corrupción, como SEGALMEX —el escándalo alimentario que supera los 15 mil millones de pesos desaparecidos— o las licitaciones amañadas en el sector salud, donde los medicamentos escasean pero los sobreprecios abundan, queda claro que la narrativa de la “austeridad republicana” se parece más a una caricatura que a una política de Estado.
La Auditoría Superior de la Federación ha documentado irregularidades multimillonarias año tras año. Sin embargo, castigos, pocos. Lo que sí hubo fueron discursos. Y mientras tanto, las finanzas públicas se comprometieron con gastos que no generan retorno, pero sí intereses.
Sheinbaum y el dilema fiscal.
Claudia Sheinbaum recibe una administración con compromisos sociales altísimos: mantener programas como Sembrando Vida y Jóvenes Construyendo el Futuro, fortalecer la educación y la salud pública, atender desastres naturales, y al mismo tiempo sostener la deuda creciente. Un verdadero acto de equilibrio en la cuerda floja.
Ricardo Monreal lo dijo con todas sus letras: “El presupuesto no es suficiente para atender todas las necesidades”. Lo que no dijo es que buena parte de esa insuficiencia no viene de la mala suerte, sino de decisiones políticas pasadas. La apuesta por obras faraónicas sin planeación, la corrupción sin castigos ejemplares y la negativa sistemática a discutir una reforma fiscal integral dejaron un campo minado para la nueva administración.
El dilema es sencillo: o se mantiene la narrativa de “no nuevos impuestos” y se sigue endeudando al país, o se enfrenta la realidad y se busca ampliar la base tributaria. Lo primero es popular, lo segundo es impopular. Y ya sabemos qué suele pesar más en la política mexicana.
El contraste histórico.
Si comparamos la evolución de la deuda en los últimos sexenios, el panorama se vuelve más claro:
• Felipe Calderón (2006–2012): la deuda pasó de 20 % a 36 % del PIB.
• Enrique Peña Nieto (2012–2018): la deuda creció hasta 44 % del PIB.
• Andrés Manuel López Obrador (2018–2024): la deuda subió al 51 % del PIB.
En otras palabras, ningún presidente logró detener la espiral de endeudamiento, pero la 4T presumía haber encontrado la fórmula mágica. Spoiler: la magia no existe. La corrupción no desapareció y la deuda siguió creciendo.
Entre la ironía y la factura.
El discurso de Monreal intenta dar tranquilidad: no habrá nuevos impuestos, no habrá nuevas cargas para los ciudadanos. La realidad es que la deuda ya es, en sí misma, un impuesto diferido. Lo que hoy se financia con bonos, mañana se paga con intereses y recortes.
El gobierno de López Obrador construyó una narrativa donde la corrupción era la única causa del subdesarrollo. Hoy, con más deuda, más déficit y más gasto comprometido, queda claro que aquella explicación era insuficiente. Y que el verdadero reto de Sheinbaum será hacer frente a una economía donde el margen de maniobra se reduce a pasos agigantados.
Al final, lo irónico es que, en la práctica, sí habrá un “nuevo impuesto”: el de la deuda creciente, que se pagará en los próximos años, aunque nunca pase por la Miscelánea Fiscal. Es, si se quiere, el impuesto más honesto de todos, porque no necesita votarse en el Congreso: se impone solo, y siempre se cobra.
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