Aranceles, giros narrativos y la brújula perdida de la 4T.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Si algo ha caracterizado al oficialismo desde los tiempos de Andrés Manuel López Obrador es su habilidad para girar el discurso sin que se les mueva un pelo de la ceja. En 2019, cuando Donald Trump amenazó con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas, la Cuarta Transformación y sus simpatizantes descubrieron de repente que el “mercado asiático” era el nuevo horizonte brillante. Hablaron de diversificación, de romper con la dependencia hacia Estados Unidos y de abrirle la puerta de par en par a China, Corea y Japón. Era, nos decían, la genialidad del sexenio: un cambio estratégico que aseguraría soberanía y competitividad.
Pero la brújula geopolítica suele dar giros extraños cuando choca con la realidad. Hoy, a un año de iniciado el gobierno de Claudia Sheinbaum, la narrativa cambió de rumbo: el enemigo ya no está en Washington, sino en Shanghái. El discurso oficial ahora no exalta el mercado asiático, sino que lo presenta como amenaza a la planta productiva mexicana. La receta del momento: imponer aranceles de hasta 50% a importaciones de sectores clave —autopartes, autos ligeros, textiles, siderurgia, papel, vidrio, jabones, cosméticos— y un 35% a motocicletas, plásticos, electrodomésticos, juguetes, muebles, calzado, marroquinería, aluminio y remolques.
De los cantos al libre comercio a la muralla arancelaria.
El titular de la Secretaría de Economía, Marcelo Ebrard, lo dijo sin titubeos: México incrementará los aranceles “al nivel máximo permitido por la Organización Mundial de Comercio (OMC)”. La medida cubre 19 sectores industriales estratégicos, agrupados en 1,463 fracciones arancelarias. En la práctica, eso significa un golpe directo a productos que hoy entran con arancel cero y otros que apenas pagaban 35%.
El argumento oficial suena noble: proteger 325 mil empleos en riesgo de desaparecer, particularmente en los polos industriales de Nuevo León, Jalisco, Estado de México, Ciudad de México y Querétaro. La cifra no es menor. Según datos del INEGI, en 2024 México cerró con 58.7 millones de personas ocupadas, de las cuales alrededor de 16 millones pertenecen a la industria manufacturera. Un bache en sectores como autopartes o textiles podría impactar de inmediato no solo en esas plazas laborales, sino en las cadenas de proveeduría que sostienen a miles de pequeñas y medianas empresas.
De acuerdo con cifras oficiales, las importaciones de esos 1,463 productos sumaron en 2024 unos 52 mil millones de dólares, equivalentes al 8.6% del total de importaciones mexicanas. Es decir, no estamos hablando de un segmento marginal, sino de un pedazo sustancial del comercio exterior del país.
El riesgo detrás del proteccionismo exprés.
El problema es que la medida parece más impulsiva que estratégica. El gobierno justifica el muro arancelario como una defensa de la industria nacional frente a las importaciones asiáticas. Sin embargo, en la práctica, elevar aranceles significa encarecer productos de consumo básico y de uso cotidiano para las familias mexicanas. Desde un par de zapatos hasta un refrigerador o una motocicleta, el impacto en el bolsillo será inmediato.
Aquí conviene recordar un dato que el oficialismo suele barrer bajo la alfombra: según el INEGI, el consumo privado en los hogares representa el 67% del PIB nacional. Dicho de otro modo, cuando las familias dejan de comprar porque los precios suben, la economía entera se resiente. Y no se trata solo de lujos: el calzado, los muebles o los electrodomésticos son parte esencial de la vida cotidiana de millones de familias.
En términos macroeconómicos, la apuesta de Ebrard podría proteger empleos industriales en el corto plazo, pero a costa de frenar el consumo y, con ello, el crecimiento económico. Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿vale la pena sostener 325 mil empleos si a cambio se golpea el poder adquisitivo de más de 120 millones de mexicanos?
La contradicción de la 4T.
La ironía está servida. Aquellos que en 2019 menospreciaban la dependencia hacia Estados Unidos y nos vendían el sueño de Asia como el nuevo destino ahora levantan una muralla para frenar justamente esas importaciones. El péndulo discursivo de la Cuarta Transformación se mueve al ritmo de la coyuntura, no de un proyecto claro de país.
Por supuesto, ningún país puede ni debe renunciar a proteger sectores estratégicos. El problema no es el uso de aranceles, sino la improvisación con la que se anuncian, casi “al calor” de una declaración. México no es una isla ni puede darse el lujo de vivir de espaldas al comercio internacional. De hecho, de acuerdo con la Secretaría de Economía, el comercio exterior representa más del 80% del PIB mexicano. Apostar por políticas proteccionistas sin una planeación integral es como tratar de curar una migraña con un martillazo.
Cuando la brújula se convierte en veleta.
El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta un dilema clásico: proteger industrias y empleos locales sin asfixiar a consumidores y sin dinamitar la competitividad del país. El problema es que, en lugar de un plan coherente, lo que se observa es un viraje narrativo que refleja más la necesidad política de mandar señales que una estrategia económica de largo plazo.
La 4T, que hace apenas unos años exaltaba la diversificación hacia Asia como panacea, ahora lo dibuja como la amenaza que hay que contener. Como diría un viejo político, “nadie resiste un cañonazo de realidad”. Y mientras tanto, los mexicanos nos debatimos entre pagar más por lo mismo o aceptar que el discurso oficial, como la brújula de la 4T, gira según sople el viento.
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