¿Deserción escolar? No, dice Sheinbaum, solo “fenómeno poblacional”.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En política, el arte de los matices suele ser tan necesario como escaso. Y en su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió simplificar un tema complejo con una frase que sonó más a truco de semántica que a diagnóstico educativo: “no hay más deserción escolar en México, sino que es un fenómeno poblacional, porque nacen menos niños”.
La declaración suena cómoda, casi reconfortante. Pero cuando se contrasta con los datos oficiales, se convierte en lo que en el argot futbolero sería “un despeje al centro del área”: el balón queda vivo y cualquiera puede rematar.
El argumento presidencial: la demografía al rescate.
Ciertamente, los números del INEGI respaldan parte de la narrativa. En 2014, México registró 2,463,420 nacimientos, con una tasa de 74.2 por cada mil mujeres en edad fértil. Nueve años después, en 2023, la cifra bajó a 1,820,888 nacimientos: una caída de casi 26%. La tasa de natalidad se desplomó a 52.2 por cada mil mujeres en edad fértil.
En términos sencillos: hay menos niños que antes. Es lógico que, si la base poblacional infantil se encoge, las matrículas escolares también lo hagan. Hasta aquí, Sheinbaum tiene razón. El país atraviesa un proceso de transición demográfica que, tarde o temprano, debía reflejarse en las aulas.
El problema es que de ahí a afirmar que la deserción “ya no es un problema” hay un salto tan grande como el que va del pizarrón al TikTok.
El otro lado de la ecuación: alumnos que sí abandonan.
De acuerdo con la organización Educación con Rumbo, solo en el ciclo 2024-2025, 994,219 estudiantes abandonaron sus estudios. La cifra equivale prácticamente a llenar 11 estadios Azteca con jóvenes que se quedaron a medio camino de su formación.
Y si se afina la lupa, el panorama empeora: el nivel medio superior registra un abandono del 30.9%. En otras palabras, casi uno de cada tres estudiantes que entra al bachillerato no llega a la meta. Aquí no hay demografía que valga: son alumnos existentes, con nombre, apellido y sueños truncados, que deciden o se ven obligados a dejar la escuela.
Si la baja natalidad explica la reducción de la matrícula, el abandono escolar explica la frustración de una generación que sigue enfrentando problemas estructurales: pobreza, necesidad de trabajar, falta de transporte, violencia en sus comunidades y, en muchos casos, ausencia de infraestructura escolar adecuada.
La ironía de los datos incompletos.
La estrategia política de Sheinbaum recuerda al típico alumno que entrega la tarea con “investigación parcial”: sí, incluye gráficas bonitas, pero omite el resto del problema. Al afirmar que la deserción ya no existe (o casi), la presidenta no solo incurre en una simplificación excesiva, sino que invisibiliza a casi un millón de jóvenes que efectivamente dejaron las aulas en el último ciclo.
Sería más convincente que el gobierno presentara estadísticas completas de la SEP o la Segob, ajustadas por cohortes poblacionales, donde pudiera verse si realmente la deserción disminuye como proporción del universo estudiantil. Lo demás es un ejercicio de optimismo voluntarista, muy útil para el discurso, pero poco sólido para el análisis.
Política, percepción y realidad.
En un país donde la legitimidad política se construye con narrativas optimistas, la tentación de anunciar que “ya no hay deserción” es comprensible. Pero la realidad es menos complaciente. Las cifras de natalidad permiten explicar por qué hay menos alumnos de primaria, pero no justifican el abandono en secundaria o preparatoria.
Además, México sigue enfrentando brechas regionales y sociales. Estados con alta marginación, comunidades indígenas y zonas rurales continúan presentando tasas de abandono más altas. Y aunque los programas sociales como becas Benito Juárez han ayudado a retener a ciertos sectores, no han resuelto de fondo los problemas de calidad educativa ni de infraestructura.
Conclusión: la magia de las palabras.
La afirmación de Sheinbaum es, en el mejor de los casos, media verdad. Sí, la baja natalidad explica la caída de la matrícula. Pero no, eso no significa que la deserción escolar haya desaparecido. Negar este fenómeno es tan absurdo como decir que la inflación no duele porque ya no compramos lo mismo de antes.
Si el gobierno realmente quiere presumir avances, debería mostrar con transparencia tres cosas:
1. Evolución de la deserción ajustada por población, año con año.
2. Datos desagregados por nivel educativo y región, que permitan ver dónde persiste el problema.
3. Evaluación del impacto real de las becas y programas sociales en la permanencia escolar.
Mientras eso no ocurra, la narrativa oficial seguirá sonando como aquella frase de estudiante que busca impresionar al maestro: “no es que no entregue la tarea, profe, es que ya no nacen suficientes niños para hacerla”.
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