Por: Iraí De La Fuente
¿DIPLOMACIA A MEDIAS O EN CONSTRUCCIÓN?
El regreso de México a los foros internacionales es un hecho que no pasa desapercibido. La presencia de la residente de Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum, en la IV cumbre celebrada en España deja ver algunos detalles que vale la pena mencionar y que, aunque no saltan a primera vista, se vuelven notorios tras un análisis que tampoco requiere mucho esfuerzo para visibilizarlos.
Incluso antes de la llegada presencial de la presidenta a la cumbre, ya se podía advertir una primera comparación, particularmente con el sexenio anterior, pues cabe recordar que el expresidente Andrés Manuel López Obrador optó por una política exterior de “bajo perfil” que, más que eso, parecía un perfil ausente. Al respecto, cabe mencionar que esa ausencia llegó a percibirse más como una postura política e ideológica, incluso de rebeldía, que como una visión propiamente estadista con proyección nacional e internacional.
El simbolismo es parte importante en este hecho, pues el haber pisado territorio español en el contexto de un encuentro diplomático, después de ocho años sin que un jefe de Estado mexicano lo hiciera, da cuenta de una relación bilateral que se sacó del congelador en el que estaba, lo cual obedecía más a decisiones políticas que a la falta de intereses comunes.
Además, resulta doblemente llamativo en términos políticos, no solo por el lugar de la convocatoria, sino también por la presencia de naciones del bloque europeo, pues basta recordar que el expresidente Andrés Manuel López Obrador llegó incluso a señalar agravios históricos por parte de España, e incluso a plantear la necesidad de una disculpa para que las cosas transitaran.
Por su parte, el posicionamiento y el fondo del mensaje de la presidenta se quedan cortos, pues estar presente no es lo mismo que posicionarse con claridad. Hasta ahora, el mensaje ha estado cargado de símbolos —el viaje en vuelo comercial, el contacto cercano con simpatizantes, la frase breve de “que viva la paz siempre”—, pero con poca sustancia en espacios diplomáticos, donde para un jefe de Estado la presión y la responsabilidad frente a sus homólogos son mayores.
Siguiendo la misma lógica que impera, vayamos al pasado, donde la historia de la política exterior reciente de México muestra un vaivén constante. Este recorrido nos lleva desde la sobriedad técnica de Zedillo hasta los intentos de posicionamiento global de Calderón, pasando por la diplomacia más estética y sobreprotegida de Peña Nieto y la ausencia de López Obrador.
En ese contexto, Sheinbaum parece iniciar una etapa distinta, pero todavía en construcción, con la expectativa de que esa presencia se traduzca pronto en una política exterior más definida, consistente y con mayor peso en el ámbito internacional.
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