Huachicol: la industria energética que sí funciona en México.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum celebra la incautación de más de 63 millones de litros de hidrocarburos ilegales en apenas su primer año de gobierno —superando con orgullo los 57.8 millones decomisados entre 2015 y 2024—, habría que preguntarse si estamos ganando la guerra contra el huachicol… o simplemente nos hemos vuelto expertos en contar lo que nos siguen robando.
Sí, más decomisos. Más litros. Más cifras que llenan boletines. Pero también, más ductos ordeñados, más complicidades institucionales y más pérdidas diarias que hacen temblar a cualquier contable decente: durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, las fugas por huachicol llegaron a representar hasta 56 millones de pesos diarios. Una cifra que no solo huele a gasolina, sino también a impunidad.
Y es que no hay victoria real si el crimen organizado sigue metido hasta el cuello en la industria energética. Las cifras récord de incautaciones no son sinónimo de éxito, sino un retrato brutal del tamaño del problema. Es como festejar que apagamos más incendios este año: el bosque sigue ardiendo.
Mientras tanto, Pemex se desangra. La otrora empresa emblema del nacionalismo económico está hoy convertida en un agujero negro financiero que consume recursos públicos a la velocidad del jet presidencial (ese que dijeron que se rifaría). La deuda supera los 120 mil millones de dólares, y aunque el gobierno busca reestructurarla de manera emergente, ya varios bancos internacionales le han cerrado la puerta en la nariz. No es falta de voluntad; es que Pemex huele a riesgo, a desorden y, sí, también a huachicol.
El problema es estructural, pero el discurso se limita a lo simbólico. Claudia Sheinbaum, con la disciplina técnica que le caracteriza, parece aferrarse al enfoque cuantitativo: “vean cuántos litros hemos incautado”, como si el verdadero triunfo fuera atrapar a los mulitas, mientras los elefantes siguen bailando dentro de la refinería.
El huachicol fiscal, por su parte, se ha vuelto una de las formas más rentables del crimen organizado para financiarse. No requiere sembrar amapola, ni cruzar cargamentos por la frontera: basta con tener una manguera, un contacto en Pemex y algo de discreción política. A diferencia de otras formas de tráfico, aquí ni siquiera hay que esconder la mercancía. Se vende a plena luz del día, en carreteras federales y a pie de ducto. Todo esto, claro, bajo la mirada benévola de autoridades que o no ven, o no quieren ver. Cruza como aceite quemado, se vende como gasolina legal. ¡Vaya negocio!
Y mientras esto ocurre, el Gobierno de México —con bombo, platillo y gritos de victoria— presume la incautación de 188 toneladas de droga, lo cual sin duda es útil… para la diplomacia antidrogas con Estados Unidos. Porque si algo aprendimos en estos años, es que Washington prefiere fotos de fentanilo confiscado a informes detallados sobre corrupción energética.
Pero ojo: mientras el presidente Trump sonríe y felicita la cooperación bilateral, los grupos criminales diversifican su portafolio. El tráfico de hidrocarburos es más rentable que muchas drogas, menos riesgoso y más fácil de lavar en la formalidad. La ironía es brutal: el crimen organizado entendió mejor la reforma energética que los últimos tres sexenios.
Y aunque Sheinbaum intente marcar distancia de su antecesor, los ductos siguen agujereados, los responsables siguen impunes y Pemex sigue al borde del colapso, tragando dinero público sin ningún pudor. Si la estrategia nacional contra el huachicol consiste en contar litros incautados mientras se ignora la red de corrupción que lo permite, entonces no estamos combatiendo nada. Solo somos contadores de gasolina robada.
En resumen: el Estado mexicano presume haber decomisado más gasolina que nunca, mientras el crimen organizado agradece la falta de estrategia de fondo. Pemex agoniza, la deuda nos asfixia y el huachicol sigue fluyendo, tal como siempre lo ha hecho: con la complicidad de unos, la omisión de otros y el silencio de muchos.
Pero no todo está perdido. Siempre queda la esperanza de que, en algún momento, alguien en el gobierno entienda que el combate al huachicol no se gana con números, sino con voluntad política, inteligencia financiera y una limpia real en Pemex. Y si no, pues al menos ya podemos abrir un museo con bidones decomisados. Total, es lo único que nos queda: el recuerdo de lo que no supimos controlar.
La Palabra del Giocondo
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