“Justa medianía”… en clase ejecutiva
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay frases que nacen muertas. Y no por falta de inspiración, sino por el contexto que las vuelve cadáveres políticos al instante. Eso le pasó a Claudia Sheinbaum cuando, en una de sus recientes conferencias mañaneras, quiso rescatar el espíritu juarista para exhortar a los políticos de la Cuarta Transformación a ejercer el poder con humildad y vivir en la “justa medianía”. Invocó al Benemérito de las Américas con la esperanza de que el eco moral de su figura enderezara la brújula ética del movimiento. Pero el mensaje cayó en oídos sordos… o más bien, en asientos reclinables de clase ejecutiva, con vista al mar y maridaje de tres tiempos.
Porque mientras la presidenta hablaba de moderación y decencia republicana, varios de sus más distinguidos compañeros de ruta volaban cómodamente a destinos turísticos internacionales, se hospedaban en hoteles de cinco estrellas, y comían en restaurantes que no aceptan pago en efectivo por temor a rebajarse. Los mismos que antes juraban ser distintos, los que desde la oposición denunciaban con vehemencia las prácticas fifís de los neoliberales, hoy se pasean con la misma soltura con la que se repartieron candidaturas. La austeridad, al parecer, también es una narrativa que puede recortarse en tiempos de recesión moral.
La contradicción no podría ser más evidente: el movimiento que se construyó combatiendo los excesos del pasado —y que ganó la confianza de los sectores más vulnerables del país con una promesa de cambio profundo—, se ha convertido en una galería de selfies desde aeropuertos internacionales, cenas en París, y retiros espirituales en hoteles boutique. ¿La transformación? Al parecer, solo fue de asiento: de clase turista a ejecutiva.
Y eso que Sheinbaum ha sido clara. Ha pedido, en público y en privado, que sus compañeros no repitan los vicios del pasado. Les ha llamado a respetar los tiempos políticos, a ser prudentes, a ejercer la función pública con sobriedad. Pero sus palabras tienen menos impacto que un spot de campaña en domingo de fútbol. Basta ver la ambición desbordada de figuras como Andrea Chávez, que desde el Senado parece más interesada en instalar su oficina de precampaña en Chihuahua, o de Saúl Monreal, que ya se siente gobernador de Zacatecas, aunque aún no haya terminado ni su café.
Los llamados a la congruencia han sido tan ignorados como los principios ideológicos. ¿Quién respeta ya la línea presidencial dentro del movimiento? Nadie. Ni Luisa María Alcalde, flamante presidenta de Morena, ha podido imponer orden. Su respaldo a Sheinbaum en estos temas ha sido tan tardío y tibio que muchos en el partido la ven más como una edecán institucional que como una dirigente de verdad. Y la presidenta, por más cargo que ostente, parece que no lidera: administra… mientras el verdadero liderazgo sigue orbitando alrededor de un solo hombre: Andrés Manuel López Obrador.
Porque hay que decirlo: el liderazgo moral, político y simbólico del movimiento sigue en manos del expresidente. Todo lo demás son figuras de ornato, decorativas, con menos autoridad que un moderador de debate de televisión pública. No es casualidad que dentro del Congreso, quienes realmente toman las decisiones sigan siendo Adán Augusto López —a pesar de su debilitamiento tras el caso de Hernán Bermúdez y los vínculos con el grupo criminal “La Barredora”— y Ricardo Monreal, que en la Cámara de Diputados impone la agenda con la autoridad de quien controla los candados del presupuesto.
En este contexto, no sorprende que la “justa medianía” sea hoy solo una referencia decorativa, como los bustos de Juárez en oficinas públicas que nadie mira. El llamado a la humildad ha sido sustituido por el glamour tropicalizado de la nueva élite morenista. Una élite que, aunque repita los discursos de antes, ya no puede esconder la barriga llena ni el gusto refinado por las comodidades del poder. Porque en el fondo, muchos de ellos no querían transformar el sistema: solo querían entrar a él por la puerta grande.
Y mientras tanto, los ciudadanos que les creyeron —los que votaron por un cambio real, los que confiaron en que esta vez sería diferente— comienzan a notar que, en efecto, hay muchas cosas que se parecen demasiado al pasado. Que el discurso de austeridad republicana se ha vuelto un chiste de mal gusto, que las promesas de congruencia son papel mojado, y que los políticos de la 4T, una vez sentados en el trono, se parecen demasiado a los que juraron combatir.
Al final, Juárez tenía razón: el poder se desgasta cuando no se ejerce con decencia. Pero también cuando se usa para justificar la incongruencia, el doble discurso y la ambición disfrazada de lucha social. Quizá, para evitar más contradicciones, alguien debería actualizar la máxima del Benemérito: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al pueblo… empieza por dejar el foie gras y bajarse del jet”.
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