Por: Felipe Correa
La ecuación imposible: Ser madre en el México de 2026.
Cada 10 de mayo, México se paraliza entre flores y canciones. Sin embargo, detrás del festejo romántico, las cifras del INEGI al cierre de 2025 nos devuelven una realidad que no admite felicitaciones fáciles: la maternidad en nuestro país es, para la mayoría, una carrera de resistencia en condiciones de profunda desigualdad.
No es solo una percepción; es un sistema de engranajes que exige todo y devuelve poco. Consideremos esto: el 71.5% de las mujeres mayores de 15 años en México son madres. De ellas, casi la mitad de las que logran insertarse en el mercado laboral (el 45.6%) cumplen jornadas de hasta 48 horas semanales. Pero aquí es donde la matemática social se rompe: el 49.2% de estas madres trabajadoras percibe, como máximo, un salario mínimo al mes.
¿Cómo se sostiene un hogar cuando el esfuerzo de una jornada completa apenas alcanza para la canasta básica? La respuesta no está en la economía formal, sino en el sacrificio personal.
La columna vertebral de nuestra sociedad no son sus instituciones, sino el tiempo no remunerado de sus madres. Mientras el discurso oficial habla de modernidad, los datos nos dicen que una madre dedica, en promedio, 20.5 horas semanales solo a los quehaceres del hogar, sumadas a otras 17 horas al cuidado de niños, ancianos o enfermos.
Estamos hablando de una «triple jornada»: el empleo (mal pagado), la gestión del hogar y el cuidado de los vulnerables. Es una infraestructura invisible de cuidados que le ahorra millones al Estado, pero que le cuesta la salud, el descanso y el desarrollo profesional a millones de mujeres.
Es esperanzador notar que la educación avanza: casi la mitad de las madres jóvenes (de 30 a 34 años) ya cuentan con estudios de nivel medio superior o superior. Pero el título universitario parece no ser un escudo suficiente contra la precariedad salarial o la carga doméstica.
Mientras que las madres de la tercera edad arrastran las secuelas de un México con menor acceso educativo (donde el 34.6% ni siquiera terminó la primaria), las madres actuales enfrentan un reto distinto: están más preparadas que nunca, pero siguen atrapadas en un mercado laboral que no sabe —o no quiere— conciliar la vida productiva con la reproductiva.
Más que flores, justicia
Celebrar a las madres el 10 de mayo es hipócrita si el resto del año ignoramos que una de cada dos madres ocupadas vive al límite de la pobreza salarial.
La estadística es un espejo frío. Nos dice que el «Día de la Madre» debería ser, más que una fecha de consumo, un día de exigencia nacional. Necesitamos un sistema de cuidados que funcione, salarios que dignifiquen la doble labor y una corresponsabilidad real en el hogar.
Porque mientras la maternidad siga siendo sinónimo de precariedad económica, las flores de mayo seguirán marchitándose antes de que termine el mes.
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