El Mencho, la inteligencia compartida y la narrativa del control.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La confirmación —desde Washington— de que la operación que culminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes contó con inteligencia estadounidense no es, en sí misma, una sorpresa. Lo novedoso es el tono: la directora de la política antidrogas de Estados Unidos, Sara Carter, no solo reconoció la colaboración, sino que anticipó que “seguiremos viendo este tipo de acciones”. Traducido al lenguaje geopolítico: esto no fue un hecho aislado, sino un modelo operativo en expansión.
La escena tiene varias capas. En la superficie, el abatimiento del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación representa un golpe relevante contra una de las organizaciones criminales más violentas y con mayor capacidad logística en el hemisferio. Desde hace años, el CJNG ha demostrado una notable resiliencia, diversificación criminal —desde narcotráfico hasta control territorial— y una agresiva estrategia de expansión internacional. En ese sentido, la caída de su líder es simbólicamente potente, pero estratégicamente insuficiente si no se traduce en una desarticulación real de sus estructuras.
Aquí es donde entra la segunda capa: la narrativa estadounidense. En entrevista con Sean Hannity, Carter no solo habló de cooperación, sino de liderazgo. En su relato, la administración de Donald Trump aparece como el eje de una ofensiva hemisférica, “hiper concentrada” y decidida a erradicar a los cárteles no solo como organizaciones criminales, sino como amenazas equiparables a estructuras terroristas. La diferencia no es menor: redefine el problema de seguridad pública como uno de seguridad nacional.
Este cambio de enfoque tiene implicaciones profundas. Primero, eleva la presión sobre México. La nueva Estrategia Nacional Antidrogas de la Casa Blanca habla sin rodeos de “resultados tangibles”, una expresión diplomática que en realidad funciona como advertencia: cooperación sí, pero condicionada. Arrestos, extradiciones, desmantelamiento de laboratorios y, sobre todo, acciones verificables. No basta con operativos espectaculares; se exige continuidad, consistencia y métricas.
Segundo, abre la puerta a un terreno incómodo: la corresponsabilidad. Cuando Carter afirma que “vimos lo que pasó en México cuando compartimos inteligencia”, también está sugiriendo que la eficacia depende, en buena medida, de la participación estadounidense. Es una forma elegante de decir que la soberanía, en estos casos, es negociada. México actúa, sí, pero con información, presión y, en ocasiones, narrativa externa.
La tercera capa es la más delicada: la política interna. Para el gobierno mexicano, el abatimiento de “El Mencho” representa un triunfo operativo que puede presentarse como evidencia de capacidad y coordinación. Sin embargo, el crédito compartido diluye el impacto político. En un país donde la soberanía es un tema históricamente sensible, reconocer —aunque sea indirectamente— la dependencia de inteligencia extranjera puede resultar incómodo.
Y, sin embargo, la realidad es menos romántica que el discurso. La cooperación bilateral en materia de seguridad no es nueva; lo que cambia es el nivel de visibilidad y la intencionalidad política detrás del mensaje. Washington no solo quiere colaborar, quiere que se note. Y que se entienda quién está marcando el ritmo.
El elemento irónico es que, mientras se celebra la caída de una “cabeza de la serpiente”, la propia Carter advierte que el objetivo va mucho más allá: cortar las fuentes de financiamiento, perseguir redes y exponer a funcionarios corruptos. Es decir, entrar en el terreno donde históricamente los avances han sido más limitados y donde los costos políticos son más altos. Porque desmantelar un cártel no es solo capturar a su líder; es desmontar las estructuras que lo sostienen, muchas de ellas entrelazadas con economías locales y, en el peor de los casos, con instituciones.
En términos estratégicos, la pregunta no es si veremos más operaciones como la de Tapalpa, sino si estas serán suficientes para alterar el equilibrio del crimen organizado. La experiencia sugiere cautela: la fragmentación de cárteles suele generar más violencia en el corto plazo, no menos. La historia reciente de México está llena de ejemplos donde la caída de un líder no debilitó a la organización, sino que la multiplicó.
Al final, lo que Carter plantea es una nueva etapa en la relación bilateral en materia de seguridad: más directa, más exigente y, sobre todo, más pública. Una relación donde la cooperación ya no se disfraza de discreción diplomática, sino que se exhibe como prueba de eficacia.
La pregunta de fondo es si este modelo —basado en inteligencia compartida, presión política y resultados medibles— logrará algo más que victorias tácticas. Porque abatir a un capo es una noticia; desmontar el sistema que lo hizo posible, en cambio, es una transformación. Y esa, hasta ahora, sigue siendo la asignatura pendiente.
Catarsis
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