Por: Alejandro Flores de la Parra.
Por momentos, la Secretaría de Educación Pública parece más una oficina de logística de la FIFA que la institución encargada de definir el futuro académico de millones de niños mexicanos.
La polémica por el posible adelanto de las vacaciones escolares —primero justificada por el calor, luego relacionada con el Mundial 2026 y finalmente envuelta en una cadena de aclaraciones, desmentidos y reuniones emergentes— terminó exhibiendo algo mucho más grave que un simple ajuste administrativo: la profunda falta de claridad y rumbo de la política educativa de la llamada Cuarta Transformación.
Porque el problema ya no es únicamente cuándo terminan las clases. El problema es que nadie parece saber realmente quién toma las decisiones, con base en qué criterios o hacia dónde pretende ir el sistema educativo mexicano.
La secuencia fue casi caricaturesca. Primero trascendió que la SEP planeaba adelantar mes y medio las vacaciones de verano debido a las altas temperaturas y a las complicaciones logísticas derivadas del Mundial. Después, la presidenta Claudia Sheinbaum salió a declarar que “no había un calendario definido”. Horas más tarde, Mario Delgado reiteró públicamente fechas tentativas; luego, ante la lluvia de críticas, convocó otra reunión para revisar nuevamente el tema.
Mientras tanto, gobernadores, organismos empresariales, sindicatos magisteriales, escuelas particulares, organizaciones de padres de familia e incluso la propia Comisión Nacional de los Derechos Humanos comenzaron a rechazar públicamente la propuesta.
La SEP terminó atrapada en su propio laberinto de declaraciones contradictorias.
Y esa imagen de improvisación permanente empieza a convertirse en una marca política peligrosa para el nuevo gobierno.
Porque si algo ha caracterizado a la política educativa desde la llegada de Morena al poder en 2018, ha sido precisamente la ausencia de una visión integral de largo plazo. Primero se destruyó la reforma educativa del sexenio anterior bajo el argumento de combatir el “neoliberalismo”. Después se desmantelaron mecanismos de evaluación docente. Luego vino la pandemia y el desastre educativo a distancia. Más tarde aparecieron los polémicos libros de texto gratuitos con errores, sesgos ideológicos y opacidad en su elaboración.
Y ahora, en pleno 2026, México discute si el calendario escolar debe adaptarse al calor… o a los horarios de la FIFA.
La ironía parece escrita por un guionista con sentido del humor negro: mientras el país enfrenta uno de los mayores rezagos educativos de las últimas décadas, la discusión pública gira en torno a si las clases interfieren con el Mundial.
Pero detrás de la anécdota existe un problema estructural mucho más serio.
Millones de estudiantes mexicanos aún no recuperan niveles básicos de aprendizaje tras la pandemia. Diversos estudios nacionales e internacionales han documentado retrocesos importantes en comprensión lectora y matemáticas, especialmente entre sectores vulnerables. Para miles de familias de bajos ingresos, además, la escuela representa no solamente educación, sino alimentación, cuidado y estabilidad cotidiana.
Por eso no sorprende que las críticas hayan llegado desde prácticamente todos los sectores.
La Unión Nacional de Padres de Familia calificó la medida como un “grave error” en medio del rezago educativo; Coparmex advirtió afectaciones en el aprendizaje y en la dinámica familiar; sindicatos magisteriales rechazaron decisiones “pensadas para negocios y espectáculos”; escuelas particulares pidieron mantener el calendario original; y la CNDH alertó sobre posibles afectaciones al derecho de niñas y niños a recibir educación y cuidados adecuados.
En otras palabras: el gobierno logró algo poco común en estos tiempos polarizados… unir a casi todos en contra de una decisión mal comunicada.
Y en medio del ruido aparece otro ingrediente político interesante: las posibles tensiones entre Claudia Sheinbaum y Mario Delgado.
Porque mientras la presidenta intentaba bajar la presión diciendo que aún no existía una definición oficial, el secretario de Educación parecía operar bajo otra lógica, adelantando anuncios que posteriormente debían corregirse o matizarse.
En política, cuando un secretario y la presidenta parecen hablar idiomas distintos, normalmente no se trata solo de “problemas de comunicación”. Muchas veces refleja disputas internas de operación, control o posicionamiento.
Mario Delgado llegó a la SEP como operador político, no como especialista educativo. Y esa diferencia comienza a notarse en una dependencia que transmite más sensación de reacción que de planeación.
El problema para Sheinbaum es que la educación podría convertirse rápidamente en uno de los puntos más vulnerables de su administración. Porque a diferencia de otros temas donde aún puede culparse al pasado, aquí el desgaste empieza a acumularse sobre decisiones propias.
La llamada Cuarta Transformación prometió revolucionar el sistema educativo nacional. Ocho años después, el país sigue esperando conocer cuál es exactamente el proyecto educativo de fondo.
Más allá de las becas, los slogans y la retórica de justicia social, sigue sin existir claridad sobre calidad académica, recuperación de aprendizajes, profesionalización docente o competitividad internacional.
Y así, entre conferencias, reuniones emergentes y calendarios cambiantes, la educación mexicana continúa atrapada en la lógica de la improvisación.
México tendrá Mundial en 2026.
Lo preocupante es que, a estas alturas, todavía no queda claro si también tendrá estrategia educativa.