El silencio del Senado, la voz tartamuda de Anaya y el elefante llamado Adán Augusto.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La Comisión Permanente del Senado mexicano ha desarrollado una habilidad digna de medalla olímpica: el clavado en la piscina del mutismo. Desde hace semanas, y con una disciplina que ya la quisiera la Selección Nacional, ha evitado tocar el caso de Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad Pública en Tabasco y hoy prófugo de la justicia. ¿El delito? Vínculos con el crimen organizado, colusión documentada, sospechas fundadas y, por supuesto, una relación política que huele más a complicidad que a camaradería con el actual coordinador de la bancada de Morena en el Senado: Adán Augusto López Hernández.
La cosa es tan burda como predecible: Bermúdez fue el brazo fuerte —y largo— de Adán Augusto cuando este gobernó Tabasco. Lo defendió públicamente, lo sostuvo políticamente y lo respaldó institucionalmente. Hoy, cuando el exsecretario es buscado por autoridades mexicanas (presuntamente porque las estadounidenses alzaron primero la ceja), nadie en la Comisión Permanente quiere siquiera rozar el tema. La consigna parece clara: no se toca a Adán.
Y aunque el escándalo huele a carne podrida desde el sureste hasta la tribuna del Senado, el bloque oficialista ha decidido blindarse con el pretexto de los recesos legislativos, las prioridades del país y, por supuesto, el clásico “no tenemos los elementos suficientes”. No vaya a ser que con tanto elemento terminen construyendo una celda.
Del lado opositor, la cosa tampoco pinta mejor. Ricardo Anaya, coordinador de la bancada panista en el Senado y voz autoproclamada de la conciencia crítica de México, finalmente habló sobre el tema… pero solo para repetir lo que ya todos sabíamos. Su intervención fue tan valiente como un “me opongo, pero con respeto”, tan frontal como un telegrama de condolencias. No mencionó a Adán Augusto ni una sola vez, como si el caso de Bermúdez hubiese ocurrido por generación espontánea o gracias a la magia del caos.
Es irónico —y triste— que quien aspira a ser líder de la oposición juegue al escondite justo cuando el país clama por una voz firme, inteligente y propositiva. Anaya, que ya fue candidato presidencial, tiene los reflectores, la experiencia y el conocimiento para asumir el liderazgo opositor, pero parece más interesado en no molestar a nadie que en señalar lo evidente: la 4T está embarrada hasta el cuello en casos de corrupción y crimen organizado.
Porque no se trata solo de Hernán Bermúdez, se trata de una constante. Desde el sexenio pasado, voces nacionales e internacionales han advertido sobre la presunta infiltración del narco en estructuras de gobierno. Y ahora, con la presión del gobierno de Estados Unidos —ese que no se anda con rodeos cuando de seguridad se trata—, el gobierno mexicano ha comenzado a reaccionar, pero no por convicción, sino por obligación diplomática. El país se mueve, sí, pero solo cuando Washington toca el silbato.
Mientras tanto, la Comisión Permanente calla, Morena protege, Anaya bosteza y la sociedad observa. Y entre todo ese teatro de sombras, la pregunta sigue flotando: ¿quién va a tener el valor de señalar al elefante en la sala, con nombre y apellido?
Es cierto que la oposición mexicana está necesitada de una renovación profunda, de liderazgos valientes que no teman decir lo que todo el mundo piensa. Pero también es cierto que no podemos seguir esperando que los políticos reaccionen por inspiración divina. La corrupción no se combate con discursos tibios ni con comunicados políticamente correctos; se enfrenta con denuncias claras, exigencias firmes y debates abiertos.
Hoy, el país necesita que se discuta —con todas sus letras— el vínculo entre la política y el crimen organizado. Lo dijo Anaya: existe un patrón que se replica en varias entidades. México necesita saber qué papel juega Adán Augusto en esta historia, por qué no ha sido cuestionado, por qué su bancada lo protege y por qué, si no tiene nada que esconder, no da la cara.
Ricardo Anaya aún puede corregir el rumbo. Tiene el capital político y la visibilidad mediática. Pero si sigue actuando como observador en lugar de actor, será recordado como otro político que prefirió ser prudente en tiempos que exigían coraje. Y para eso ya tenemos a suficientes en la Comisión Permanente del Senado.
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