Federalismo práctico; gobernar con acuerdos, no con pleitos.
Por: Juvenal Rosales Flores
La relación entre los gobernadores de oposición y los presidentes de México ha sido siempre un terreno complejo. En teoría, debería estar marcada por la cooperación y el respeto institucional bajo un marco de federalismo. En la práctica, sin embargo, la fuerte concentración de poder en la presidencia suele poner en jaque la autonomía de los estados, obligando a los mandatarios locales a maniobrar con habilidad para garantizar beneficios a su población.
Durante el reciente encuentro con la presidenta Claudia Sheinbaum, el gobernador de Durango, Esteban Villegas, no dudó en declararse “Claudista”, un gesto que no pasó desapercibido. La mandataria federal agradeció públicamente sus palabras, lo que refleja que, más allá de los colores partidistas, el mensaje central es el de alinearse con el proyecto presidencial.
Algo similar ocurrió con Manolo Jiménez, gobernador priista de Coahuila, quien en un evento no solo reconoció el liderazgo de Sheinbaum, sino que exclamó con fuerza: “¡Que viva la presidenta!”. Más que un arranque espontáneo de simpatía política, se trata de una señal de pragmatismo; los estados requieren respaldo federal y sus mandatarios saben bien que el costo de la confrontación suele pagarse caro.
No se trata de sobredimensionar las expresiones de apoyo. En realidad, todo gobernador que quiere transitar con estabilidad durante su administración debe “apechugar” y mostrar respaldo al presidente o presidenta en turno. No es una cuestión de ideología, sino de estrategia; quien no lo hace corre el riesgo de marginar a su estado de recursos y proyectos.
La historia reciente lo demuestra, en Durango en tiempos de Vicente Fox, los gobernadores que no lograron construir un puente con la presidencia padecieron el aislamiento político y presupuestal; como fue el caso de Ángel Sergio Guerrero Mier (+), donde las diferencias políticas pasaron factura y el rezago se hizo evidente.
Claro está, esa relación también tiene sus límites. En cualquier momento, las diferencias partidistas pueden tensar los vínculos y condicionar el flujo de recursos. Los gobernadores saben que caminar en esa delgada línea entre la institucionalidad y la conveniencia política es parte del oficio, y por eso procuran mostrarse cercanos sin perder del todo su identidad partidista.
En Durango, la ciudadanía es clara en sus expectativas; quiere que el estado siga creciendo, que haya más oportunidades de desarrollo para todos y que no se repitan los rezagos del pasado. La población demanda resultados tangibles en empleo, seguridad, educación y salud, más allá de los acomodos políticos entre el gobierno estatal y el federal.
Lo que está en juego no es la carrera personal de un gobernador, sino el bienestar de la población. En estados como Durango, los ciudadanos esperan que sus mandatarios construyan acuerdos y no pleitos, porque al final los efectos de la confrontación caen sobre la economía y los servicios básicos.
El reto para Esteban Villegas y otros mandatarios de oposición será mantener la ecuación equilibrada; mostrarse respetuosos y cooperativos sin que ello implique perder autonomía. No es una tarea sencilla, pero la experiencia demuestra que el camino de la cooperación suele dar mejores frutos que el de la confrontación.
México necesita que el federalismo deje ser un discurso y se convierta en práctica cotidiana. Para lograrlo, se requiere madurez política tanto de la presidencia como de los gobernadores. La ruta parece trazada; respeto, cooperación y pragmatismo. Lo demás es ruido innecesario que solo retrasa el desarrollo.
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