El conflicto que enciende a los frijoleros; promesas y favoritismo.
Por: Juvenal Rosales Flores
El frijol duranguense hoy no está en crisis por falta de tierra ni por falta de trabajo, sino por falta de certeza. Y si el Plan Frijol que presentó la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, quiere ser realmente histórico, primero tendrá que resolver lo más básico; que en el acopio no haya favoritismos, que los criterios sean claros, que haya costales suficientes y que ningún campesino tenga que peregrinar con su cosecha como si estuviera pidiendo limosna. Porque el productor no pide caridad, pide justicia.
La inconformidad no es menor. El acopio inició desde finales del año pasado, tras la cosecha, con la intención de dar certidumbre al agricultor y evitar que el coyotaje hiciera su agosto. La idea era clara, comprar frijol a precio establecido y sostener al productor. Pero en la práctica, los campesinos denuncian que el proceso no ha sido equitativo, y que algunos son rechazados sin explicación convincente mientras otros pasan sin problema.
El caso de Jesús Flores se convirtió en ejemplo perfecto del malestar. Su frijol fue rechazado bajo el argumento de “plaga”, pero en otro punto de venta se le practicaron pruebas similares y el grano resultó limpio. Sí pudo venderlo, pero a un precio menor, alrededor de 17 pesos por kilo. Es decir, el productor terminó pagando los costos de la incertidumbre burocrática.
Y si esto no fuera suficiente, el sistema trae letra chiquita. Los campesinos habían pagado previamente cuatro pesos por cada costal para entregar el frijol, pero al no ser recibido el producto ahora se les exige devolver los costales o recomprarlos hasta en ocho pesos por unidad. Un detalle que, para quien no conoce el campo, puede parecer insignificante, pero para quien vive de la cosecha es una carga más a una cadena ya golpeada.
Aquí el problema es más profundo que un desacuerdo comercial. Es la percepción de injusticia. En política, pocas cosas encienden más rápido el enojo social que la idea de que “a unos sí y a otros no”. Porque el productor no se queja solo por el dinero, se queja porque siente que lo están tratando como ciudadano de segunda en su propia tierra.
Pero el malestar no se concentra únicamente en la capital. Mientras tanto, productores del municipio de Pánuco de Coronado también se manifestaron frente a las oficinas de Alimentación para el Bienestar para denunciar que el proceso de acopio avanza con demasiada lentitud.
Indalecio Pérez, productor y presidente de la Contraloría del Centro de Villa Unión, explicó que en los centros de recepción no hay suficientes costales para empacar el grano y además falta personal, lo que ha reducido significativamente la capacidad de atención. Un problema logístico, sí, pero con consecuencias políticas, porque al final el productor no distingue entre burocracia y abandono: solo ve que no lo atienden.
Lo que está ocurriendo revela una contradicción que suele repetirse en los programas federales, buenas intenciones, mala operación. Y la operación es la que define si el gobierno es aliado o si termina siendo, sin querer, el principal obstáculo del productor. Porque en el campo el tiempo no se administra en semanas, se administra en ciclos agrícolas.
Mientras tanto, el mercado se desploma, en la región de los Llanos se está pagando a siete pesos por kilo, una cifra que raya en lo absurdo si se toma en cuenta el costo de siembra, fertilizantes, diésel, mano de obra y transporte. A ese precio, el productor no gana; sobrevive. O peor aún, se endeuda.
En ese contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que el gobierno federal analiza ampliar el acopio como parte del llamado Plan Frijol, estrategia integral que, en papel, suena como la medicina perfecta para un sector que lleva años pidiendo atención real y no solo discursos en temporada electoral.
Y ahí está el punto, no basta con fijar un precio si el acceso al programa no es transparente. No basta con anunciar toneladas compradas si en los centros de acopio hay quienes se quedan fuera sin explicación clara. La política pública se mide por su capacidad de llegar parejo, no por su capacidad de anunciarse en conferencia.
Morena debería tomar nota. Porque si Alimentación para el Bienestar no corrige el desorden, el discurso del “primero los pobres” se vuelve frágil en el terreno donde más debería sostenerse; el campo. Y el productor, aunque no siempre lo parezca, vota. Vota con memoria y con coraje.
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