POR: LILY ORTIZ
Celebrar el poder en un país cansado: la apuesta arriesgada de Morena
Morena y la presidenta Claudia Sheinbaum han planteado una gran concentración para el próximo 6 de diciembre, con el objetivo de conmemorar los siete años de la llegada de la 4T al poder; legisladores del partido y sus aliados cerraron filas en Palacio Nacional para impulsar el llamado, y la pregunta es inevitable: ¿de verdad el país necesita otra marcha?
Porque en el fondo, esta convocatoria no parece tener como propósito la conmemoración histórica o la reflexión democrática; parece más bien un nuevo capítulo de la disputa por ver quién llena más plazas, quién concentra más gente y quién impone la narrativa dominante. Un duelo de músculo político que se ha intensificado desde las manifestaciones de la llamada Generación Z, que pusieron en entredicho la hegemonía callejera que por años presumió Morena.
Hoy el escenario político mexicano luce atrapado en una competencia absurda: quién convoca más, quién grita más, quién moviliza más. Una lógica que, lejos de fortalecer la vida pública, la reduce a un concurso de egos; lo cierto es que las marchas se han convertido en símbolos de fuerza, no en espacios de debate; en demostraciones de poder, no en ejercicios democráticos.
Mientras tanto, los temas verdaderamente urgentes siguen esperándose ahí en la fila: la crisis de seguridad, el aumento de desapariciones, los homicidios que no cedan, los retos económicos, la carestía que golpea a las familias y el desgaste institucional que se palpa en cada rincón del país; en ese contexto, celebrar con una marcha el aniversario de que un partido llegó al poder no sólo parece innecesario: parece desconectado de la realidad.
Peor aún; podría resultar contraproducente, la sociedad mexicana vive en un estado de hartazgo palpable; hay molestia, desencanto y una distancia cada vez mayor con la clase política. Las ceremonias de autocelebración, por muy multitudinarias que fueran, corren el riesgo de caer en el vacío o provocar mayor irritación social, en un clima así, la sobriedad suele ser más inteligente.
Sin embargo, el trasfondo podría ser otro, y es que pensando mal y en política casi siempre es útil hacerlo, resulta difícil ignorar que la convocatoria aparece justo cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador anunció su segundo libro y su próxima promoción pública. Demasiada coincidencia para creer en coincidencias, más bien parece un movimiento calculado, un intento de mantener vigente la figura central del obradorismo, de reforzar la mística del líder y de recuperar la atención nacional en un momento clave.
Porque Morena sabe que el capital político de cara a los procesos electorales por venir está en disputa; y si algo ha demostrado el partido es que está dispuesto a usar lo que sea y a quien sea para mantener su narrativa dominante. En ese tenor, la marcha del 6 de diciembre no es un acto cívico: es una estrategia, una forma de medir fuerzas, de recordar quién pone a temblar las plazas y de presumir que “el pueblo” sigue ahí, fiel y presente.
Pero esa apuesta también conlleva riesgos, en un país cansado, dividido y con demandas cada vez más apremiantes, insistir en la política del espectáculo podría ser un arma de doble filo. Porque llenar una plaza no es lo mismo que llenar las expectativas de un país; y hoy, México necesita mucho más que concentraciones multitudinarias para sanar las grietas que lo atraviesan.
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