Por: Felipe Correa
La Gerencia del Centro Histórico: ¿Estrategia de ciudad o refugio político?
Durante los últimos días, el nombramiento del nuevo titular de la Gerencia del Centro Histórico ha desatado una ola de cuestionamientos entre medios de comunicación y analistas. En un contexto de fragilidad económica para las familias duranguenses, la creación de este cargo —más que percibirse como una solución técnica— corre el riesgo de ser interpretada por la opinión pública como un simple «premio de consolación» o una concesión política.
No obstante, la figura del gestor del primer cuadro no es una ocurrencia local; es una tendencia nacional de gobernanza moderna. Ciudades con un patrimonio invaluable han demostrado que, cuando existe estructura y voluntad, los resultados son tangibles:
• Ciudad de México: Posee una autoridad con presupuesto propio y mando directo, enfocada en el ordenamiento del comercio y la infraestructura.
• Puebla: Fue pionera en establecer una Gerencia que sirve de puente técnico entre el Ayuntamiento y el INAH para conservar su zona monumental.
• Guadalajara y Morelia: Han transitado hacia una «gestión de barrio», donde el superintendente se encarga desde los servicios públicos hasta la activación cultural y la preservación del tejido social.
El reto: Del nombramiento al indicador
Para que la actual funcionaria logre revertir la crítica y dar una «cachetada con guante blanco» a sus detractores, la voluntad política no será suficiente. Es imperativo que presente, a la brevedad, un Plan de Acción con objetivos a corto y mediano plazo. La sociedad no demanda buenas intenciones, sino parámetros e indicadores claros que permitan evaluar su desempeño de manera objetiva.
La legitimidad de este nuevo cargo depende de tres pilares fundamentales:
1. Diagnóstico Situacional: Un mapa real de las fallas de infraestructura y los problemas sociales urgentes.
2. Análisis FODA: Identificar las fortalezas y amenazas de nuestro Centro Histórico frente al crecimiento urbano.
3. Transparencia en la Eficacia: Establecer metas de eficiencia que justifiquen el uso de recursos públicos en esta nueva área.
¿Gestión o estrategia electoral?
Sin un rumbo definido ni métricas de valor, la crítica —hoy justificada— terminará por confirmar las sospechas: que este movimiento administrativo tiene un doble fondo. Por un lado, mantener presencia constante en territorio y, por otro, estudiar minuciosamente una demarcación geográfica que históricamente ha sido un bastión electoral específico.
Al final, la burocracia solo se justifica con resultados. El tiempo —y los indicadores— dirán si estamos ante un proyecto de rescate patrimonial o ante una simple avanzada de cara a los próximos procesos.
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