El Espejismo del Fracking Sustentable: La Soberanía Energética a la Mexicana.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Cuando Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia en 2024, una de las grandes incógnitas no era su capacidad técnica —sobradamente acreditada— sino su carácter político. ¿Gobernaría con la frialdad del dato o con la calidez —y a veces volatilidad— de la intuición política? Sus colaboradores más cercanos ofrecían una pista: decide con información, no con la entraña. Una definición elegante… hasta que la realidad exige algo más que coherencia.
Porque si algo ha dejado claro su reciente viraje en torno al fracking, es que gobernar también implica, en ocasiones, administrar contradicciones. Y pocas tan visibles como esta.
La científica que estudió el cambio climático, que participó en el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) y que durante años advirtió sobre los riesgos de los combustibles fósiles, hoy encabeza un gobierno que abre la puerta a la fracturaciónhidráulica. La misma técnica que consiste en inyectar millones de litros de agua con químicos para extraer gas… y que deja tras de sí un rastro incómodo: acuíferos comprometidos, comunidades en tensión y un debate ambiental que, lejos de cerrarse, apenas comienza.
El giro no es menor. Como candidata, Sheinbaum prometió explícitamente no recurrir al fracking. Como presidenta, lo reintroduce en el debate con una narrativa distinta: soberanía energética, menor dependencia de Estados Unidos y desarrollo económico. Traducido al lenguaje político: lo que ayer era inviable, hoy es indispensable.
Y es que los números pesan. México produce alrededor de 2,300 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, pero consume cerca de 9,000 millones. La diferencia —alrededor del 75%— se importa, principalmente desde Texas, donde el fracking no es tema de debate, sino de negocio consolidado. La paradoja es evidente: México rechazaba en casa lo que compraba afuera.
Así, el argumento oficial se sostiene en una lógica difícil de desmontar: no hay soberanía energética posible con esa dependencia. Pero la pregunta relevante no es si el diagnóstico es correcto, sino si la solución elegida es coherente con el proyecto político que la llevó al poder.
Aquí aparece la ironía —y también la tensión interna—. Durante años, el movimiento que hoy gobierna construyó buena parte de su legitimidad en oposición a modelos extractivistas, en defensa del medio ambiente y en cercanía con causas sociales. Hoy, ese mismo movimiento se ve obligado a explicar por qué el fracking puede ser, de pronto, “responsable”, “sustentable” y hasta “necesario”.
El problema es que la evidencia científica no ha cambiado al mismo ritmo que el discurso político. Organizaciones ambientalistas insisten en que no existe un fracking limpio: el uso intensivo de agua, la contaminación residual y las emisiones de metano siguen siendo preocupaciones centrales. Incluso los avances tecnológicos —que el gobierno presenta como solución— no han eliminado los costos ambientales, sólo los han hecho más sofisticados… y, en algunos casos, más caros.
Pero el dilema de Sheinbaum no es técnico, es político. Gobernar implica elegir qué costo asumir. Y en este caso, el costo no sólo será ambiental o económico, sino también ideológico.
Dentro de Morena, las señales de incomodidad ya son visibles. Voces que históricamente rechazaron el fracking hoy enfrentan una disyuntiva incómoda: respaldar la decisión presidencial o mantener la coherencia con sus propias banderas. Porque si algo distingue a los movimientos políticos es su narrativa, y cambiarla demasiado rápido suele tener consecuencias.
La respuesta del oficialismo ha sido predecible: pedagogía política. Mensajes que hablan de “aprovechar responsablemente los recursos”, de “proteger el medio ambiente” y de “reducir la vulnerabilidad energética”. Es decir, un esfuerzo por reconciliar lo irreconciliable: crecimiento económico con sustentabilidad en un terreno donde, hasta ahora, esa conciliación ha sido más aspiración que realidad.
En el fondo, lo que estamos viendo no es sólo un cambio de política energética, sino una transición más profunda: el paso de la oposición al poder. Y con él, la inevitable erosión de las certezas ideológicas.
Sheinbaum parece haber optado por el pragmatismo. O, dicho de otra forma, por la versión adulta del poder: aquella donde las convicciones no desaparecen, pero sí se subordinan. La pregunta es si ese pragmatismo será percibido como madurez política… o como renuncia.
Porque en política, como en la fracturación hidráulica, las presiones internas siempre terminan por abrir grietas. Y no todas se pueden sellar con narrativa.