Becas, discursos… y una juventud atrapada en una pausa eterna.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Durante años, México convirtió la frase “ni estudia ni trabaja” en un estigma social. El famoso “nini” terminó funcionando como etiqueta despectiva, meme político y recurso discursivo perfecto para repartir culpas. Lo curioso es que, mientras los gobiernos cambiaban slogans, colores y enemigos favoritos, el problema siguió exactamente donde estaba: creciendo silenciosamente.
Hoy, los datos de la OCDE son un recordatorio incómodo de esa realidad. México continúa entre los países con más jóvenes fuera de la escuela y del empleo, con niveles cercanos al 20%, muy por encima del promedio del organismo, que ronda 12%. En algunos años, incluso rozamos 24%. Traducido al español menos técnico: uno de cada cinco jóvenes mexicanos vive desconectado tanto del sistema educativo como del mercado laboral.
Y no, no es un fenómeno nuevo. Lo verdaderamente preocupante es que tampoco parece importar quién gobierne. El indicador lleva más de una década prácticamente estacionado, como esos elevadores burocráticos que tienen botones, luces y discursos… pero nunca suben.
Las administraciones de la llamada Cuarta Transformación apostaron por una expansión histórica de becas y programas sociales dirigidos a jóvenes. La lógica parecía simple: si el problema es económico, el dinero resolverá el abandono escolar y abrirá oportunidades. El inconveniente es que la realidad social rara vez cabe en un eslogan de campaña o en una conferencia mañanera.
Porque sí, las becas ayudan. Para miles de familias representan alivio inmediato y, en muchos casos, la diferencia entre continuar o abandonar estudios. Negarlo sería absurdo. Pero los datos internacionales muestran que las transferencias económicas, por sí solas, no han modificado sustancialmente el tamaño del problema ni la posición de México dentro de la OCDE.
Eso obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿y si el problema nunca fue únicamente la falta de dinero?
La respuesta apunta a algo mucho más profundo. México arrastra un sistema educativo desconectado del mercado laboral, con enormes desigualdades regionales, baja pertinencia académica y trayectorias escolares fragmentadas. Muchos jóvenes simplemente dejaron de encontrar sentido práctico en la escuela. Y cuando la preparatoria compite contra la necesidad inmediata de trabajar, cuidar familiares o sobrevivir emocionalmente en entornos complejos, el aula suele perder la batalla.
Además, el mercado laboral mexicano tampoco ayuda demasiado. Para millones de jóvenes, especialmente quienes no concluyen el bachillerato, las opciones son precariedad, informalidad o salarios que apenas alcanzan para pagar el transporte. El famoso “échale ganas” funciona muy bien en discursos motivacionales de LinkedIn, pero bastante mal cuando el empleo formal parece un privilegio reservado para unos cuantos.
Incluso algunos programas gubernamentales podrían estar generando incentivos contradictorios. En ciertos contextos de pobreza extrema, apoyos como Jóvenes Construyendo el Futuro pueden resultar más atractivos en el corto plazo que permanecer dentro de un sistema educativo que muchos perciben lento, costoso y poco útil. No porque los jóvenes sean irresponsables, sino porque la supervivencia cotidiana suele ganarle a cualquier teoría pedagógica diseñada desde un escritorio climatizado en la capital.
Y ahí aparece otro error frecuente: culpar a los jóvenes.
Resulta políticamente cómodo responsabilizar a toda una generación por no estudiar o no trabajar, como si el abandono escolar fuera producto de flojera colectiva y no de un entramado estructural de desigualdad, violencia, salud mental, embarazos tempranos, falta de movilidad social y ausencia de oportunidades reales.
México había logrado avances importantes en cobertura educativa básica. La secundaria prácticamente universal parecía un piso sólido. Sin embargo, comienzan a observarse señales de retroceso en eficiencia terminal y continuidad escolar. Eso debería encender alarmas mucho más serias que cualquier disputa electoral de temporada.
Porque el problema de fondo no es estadístico; es social, económico y político. Un país que mantiene durante más de diez años a millones de jóvenes fuera de la escuela y del empleo no está administrando una coyuntura: está normalizando la exclusión.
Y quizá ahí radica la principal ironía nacional. México reparte cada vez más apoyos para jóvenes, mientras simultáneamente produce un entorno donde demasiados jóvenes siguen sin encontrar un lugar claro en el futuro del país.
Las becas son necesarias. Pero creer que una transferencia mensual resolverá problemas estructurales equivale a intentar reparar una presa gigantesca con cinta adhesiva y una fotografía para redes sociales.
El reto verdadero exige mucho más: escuelas útiles y modernas, orientación vocacional real, atención a salud mental, infraestructura educativa digna, empleos formales, movilidad social y una economía capaz de incorporar talento joven sin condenarlo a la precariedad.
De otro modo, seguiremos haciendo lo que mejor sabe hacer la política mexicana: administrar el problema, presumir el presupuesto… y celebrar como transformación lo que apenas alcanza para contener el deterioro.
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