COSECHA DE LIDERAZGOS
En la política, como en el campo, el tiempo es determinante, pero también lo es aquello que se hace, o deja de hacerse, con la debida anticipación. Por ello, el terreno político, al igual que la tierra, debe prepararse permanentemente mediante estructuras sólidas, escuchando y atendiendo a la ciudadanía dentro y fuera de los tiempos electorales. Sin embargo, también es indispensable poner atención en una tarea que, al menos de manera estructurada, ha sido descuidada en los últimos años y que ha provocado crisis e incluso ha puesto en duda la permanencia en el poder: la formación de nuevos liderazgos.
La historia política de México también ha dejado importantes lecciones sobre este tema. Distintas fuerzas políticas han reconocido, tanto en el discurso como en los hechos, que la formación política es un elemento indispensable para construir instituciones sólidas y gobiernos eficaces. Sin embargo, en otras ocasiones, el debut de nuevos perfiles en la vida pública ha ocurrido sin la preparación suficiente, privilegiando la coyuntura sobre la formación y la popularidad sobre la capacidad.
De igual manera, para algunas marcas políticas el «relevo generacional» se ha convertido en un concepto recurrente dentro del discurso político, al grado de parecer, por momentos, un eslogan. No obstante, renovar por renovar resulta insuficiente cuando ese relevo no va acompañado de formación, experiencia, principios y conocimiento del servicio público. El cambio de rostros, por sí solo, no garantiza mejores resultados. Cuando las nuevas generaciones llegan sin las herramientas necesarias para asumir la responsabilidad de gobernar, no solo se debilitan las formas de hacer política, sino que también se compromete el profesionalismo con el que deben conducirse las instituciones y se pone en riesgo la continuidad de los proyectos de largo plazo.
La renovación de los espacios en la función pública ha sido importante; sin embargo, no ha ocurrido con la misma fuerza cuando se trata de presentar caras frescas en las candidaturas de elección popular. Por ejemplo, de acuerdo con mediciones publicadas por El Financiero, el 81 % de la ciudadanía considera necesario que surjan nuevas caras y propuestas frescas en la política para construir alternativas reales de cambio. Asimismo, más del 50 % de la población manifiesta rechazo o desapego hacia las dirigencias actuales de los partidos tradicionales de oposición de cara a los próximos procesos electorales. En este escenario, las nuevas fuerzas políticas que han obtenido su registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE) buscan capitalizar ese descontento ciudadano; sin embargo, en muchos casos terminan incorporando perfiles con una trayectoria política previa, lo que pone a prueba su capacidad para representar una renovación auténtica y no únicamente un cambio de nombre o de siglas.
La verdadera reflexión gira en torno a cuál debe ser la columna vertebral de un auténtico relevo generacional en la política. ¿Será la voluntad política de quienes hoy tienen la responsabilidad de prever, con la anticipación que exige la vida pública, la necesidad de formar nuevos liderazgos, entendiendo, como lo advertía Jesús Reyes Heroles, que «la política es, ante todo, previsión»? ¿O estará en la responsabilidad de quienes aspiran a representar ese relevo, asumiendo que el deseo de participar no puede sustituir la preparación, el conocimiento y el desarrollo de competencias para servir a la sociedad? Sin duda, este es uno de los grandes retos del presente: construir una nueva generación de liderazgos que no solo represente un cambio de rostros, sino una renovación sustentada en la formación, la capacidad y el compromiso con el servicio público.
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