POR: LILY ORTIZ
¿Diputados o boxeadores?
Hay imágenes que dicen mucho más que un discurso. Diputados y senadores enfrentándose a gritos, empujones, insultos y, en algunos casos, llegando a los golpes, son una muestra preocupante de la manera en que se está haciendo política en México.
Y aquí vale la pena detenerse.
Quienes ocupan una curul o un escaño no llegaron ahí para representar únicamente sus intereses, los de su partido o los de un grupo político. Llegaron gracias al voto de millones de mexicanas y mexicanos que esperan que sus representantes discutan, legislen, fiscalicen y construyan soluciones.
Pero cuando las máximas tribunas del país se convierten en escenarios de confrontación física, el mensaje que se manda a la sociedad es profundamente contradictorio.
¿Cómo pedirle a un joven que no resuelva sus diferencias con violencia cuando observa a sus representantes hacerlo precisamente en los espacios donde deberían prevalecer el diálogo y la razón?
¿Cómo hablar de paz, de seguridad y de combate a la violencia mientras quienes tienen la responsabilidad de elaborar las leyes terminan protagonizando escenas que parecen sacadas de cualquier lugar menos de un Congreso?
La política mexicana parece haber confundido, peligrosamente, la firmeza con la agresión y el debate con la descalificación; y por supuesto que disentir es parte de la democracia. Los legisladores no tienen que pensar igual, de hecho, una democracia saludable necesita oposición, crítica, cuestionamientos y posiciones distintas.
Pero una cosa es debatir con intensidad y otra muy diferente convertir las diferencias políticas en enfrentamientos personales.
El problema tampoco termina en el espectáculo de una pelea, detrás de cada encontronazo hay una institución que pierde credibilidad y una ciudadanía que termina preguntándose si sus representantes realmente están ocupados en resolver los problemas que les afectan.
Mientras el país enfrenta violencia, inseguridad, desigualdad, falta de oportunidades, problemas de salud, educación y una larga lista de pendientes, nuestras cámaras deberían estar discutiendo cómo resolverlos, no quién grita más fuerte o quién termina empujando a quién.
México necesita representantes capaces de negociar, escuchar y ceder cuando sea necesario. Porque legislar no significa imponer; significa construir acuerdos en beneficio de quienes depositaron su confianza en las urnas.
Y quizá el mayor riesgo de normalizar estas escenas es que terminemos aceptando que la violencia también forma parte de la política.
Quienes tienen una responsabilidad pública tendrían que ser los primeros en entender que sus actos educan, influyen y generan ejemplo. La sociedad necesita políticos que sepan defender sus ideas sin agredir al adversario; que puedan confrontar argumentos, no personas; que tengan carácter sin perder el respeto.
Las diferencias no van a desaparecer y tampoco deberían hacerlo; que debe desaparecer es la idea de que para tener razón hay que imponerse por la fuerza.
México y su sociedad no necesita políticos que conviertan las tribunas en rings. Se necesitan representantes que recuerden por qué llegaron ahí: para servir, legislar y construir, no para dar espectáculos.