Pero hubo una esperanza…
Antes de que una nueva generación de aficionados -como la actual, aunque híbrida-,volviera a celebrar unos playoffs, hubo una esperanza que nació en un momento en que parecía difícil mantener vivo el sueño.
Fue en 1981.
El béisbol mexicano atravesaba una de las etapas más complejas de su historia. Un año antes, el conflicto entre jugadores y directivos de la Liga Mexicana de Beisbol había provocado una huelga que marcó un antes y un después en la relación entre los peloteros y la organización tradicional del circuito.
De aquel movimiento surgió la Asociación Nacional de Beisbolistas (ANABE), una organización impulsada por jugadores que decidieron defender mejores condiciones laborales y una mayor participación en las decisiones de una actividad a la que habían entregado talento, disciplina y muchos años de esfuerzo.
Aquella lucha no solamente se quedó en los escritorios. También llegó al terreno de juego.
La Liga Nacional de la ANABE reunió a peloteros de gran experiencia y abrió una etapa distinta dentro del béisbol profesional mexicano. Fue un circuito nacido en circunstancias extraordinarias, con equipos que representaban algo más que una competencia deportiva.
En Durango, esa historia encontró un capítulo muy particular.
Los Alacranes regresaron al diamante profesional en 1981 y lo hicieron de una manera que difícilmente volverá a repetirse.
El equipo fue administrado por el Sindicato de Trabajadores de El Sol de Durango “Artes Gráficas”, encabezado por Esteban Valenzuela, Don “Tino Herrera, Mariano Alvarado, “Nepo” Romero, como tantos otros pilares de aquella organización.
No eran empresarios del deporte.
Eran trabajadores de la palabra impresa, del taller, de la rotativa y de la tinta. Hombres que entendieron que un equipo de béisbol podía representar mucho más que una novena sobre el terreno de juego y podía convertirse en un símbolo de identidad para toda una ciudad.
Y Durango respondió.
El Estadio Francisco Villa volvió a ser punto de encuentro. Las familias regresaron a las tribunas y cada partido recuperó esa atmósfera que solamente existe cuando una comunidad siente que algo le pertenece.
En aquellas noches, el béisbol también se escuchaba.
Las voces de René Barbier y “Tello” Montes acompañaban cada entrada, cada batazo y cada jugada en la entrañable XEDU. En la mesa de anotación, el Padre Rendón llevaba el registro oficial –cuasi como el oficio dominical de una celebración- de los encuentros, con la precisión de quien sabía que estaba guardando una parte de la historia deportiva de Durango.
Eran las quinielas “del Huchi” y el canto de su venta: “De a veinte, para la primera de a veinte…” y ¡zas! Volaba aquella pelota de goma perforada con los sobres dentro, que encerraban la suerte del apostador por la primera anotación o del último out.
Aquellos juegos no solamente quedaban en la pizarra manual. Esa que, entre el blanco y el verde pálido desgastado por el sol, acoplaba las láminas de cada entrada, manteniendo informado al respetable del cero o la anotación.
Aquellos juegos quedaban en la conversación de la ciudad.
Hubo noches en que las gradas del Francisco Villa dejaron de tener espacio. Entonces aparecía una tribuna inesperada: las laderas del Cerro de Los Remedios.
Desde ahí, detrás de la cerca de los jardines, en la lejanía cientos de aficionados siguieron cada lanzamiento, cada batazo y cada oportunidad de una novena que representaba mucho más que un equipo.
No era una localidad del estadio, era una extensión de daba asiento a ese sentido de orgullo y pertenencia.
Ese era el marco cuando, bajo la dirección de Benjamín “La Chata”Cerda, los Alacranes construyeron una campaña memorable. Avanzaron hasta la Serie Final de la Liga Nacional de la ANABE y enfrentaron a los Ángeles 450 de Puebla, de aquel magnífico “Houston” Jiménez.
El campeonato no llegó. La hazaña, sí.
Aquel subcampeonato representó la ocasión en que un equipo profesional de béisbol deDurango estuvo más cerca de conquistar un título nacional. Con el paso de los años, la desaparición de la ANABE hizo que muchos de aquellos recuerdos se apagaran, como los reflectores del Francisco Villa.
Sin embargo, para quienes estuvimos en aquellas tribunas, para quienes narraron y escucharon por la radio aquellos juegos y para quienes defendieron aquella franela, esa temporada permanece como una de las páginas más entrañables del deporte duranguense.
Hoy, cuando Caliente de Durango vuelve a poner a la ciudad en el escenario de los playoffs, resulta imposible no mirar hacia atrás.
No para comparar épocas. No para disputar lugares en la historia, sino para reconocer que cada generación dejó su propia huella.
Antes de que la esperanza regresara, hubo una esperanza que nunca dejó de jugar.
Continuará…