por Eduardo Rodriguez
La herencia maldita de Morena.
A medida que transcurre el gobierno de Claudia Sheinbaum resulta más difícil ocultar el tamaño de la herencia que recibió de Andrés Manuel López Obrador. No hablo solamente de problemas administrativos pendientes, sino de decisiones de enorme calado cuyos costos económicos, institucionales y sociales continuarán decantándose durante años.
Desde esta perspectiva, López Obrador puede ser considerado el peor presidente de México de la época contemporánea, no por una animadversión política, sino por la profundidad de decisiones que modificaron instituciones, destruyeron capacidades gubernamentales y comprometieron recursos públicos que pertenecen también a las siguientes generaciones.
El primer gran fracaso fue la seguridad. “Abrazos, no balazos” terminó convertido en el símbolo de la ineptitud, una política que permitió que organizaciones criminales ampliaran su presencia territorial. Mientras eso ocurría, paradójicamente, el gobierno profundizó la militarización que AMLO había criticado durante años.
El segundo desastre ocurrió en la salud. La desaparición del Seguro Popular, la fallida instrumentación del INSABI, los problemas de abasto de medicamentos y la posterior improvisación de nuevos mecanismos dejaron a millones de mexicanos atrapados en un sistema incapaz de garantizar atención suficiente y oportuna.
En educación tampoco existe mucho que presumir. México arrastra enormes rezagos de aprendizaje, mientras el gobierno anterior prefirió emprender una transformación ideológica de contenidos antes que colocar en el centro las matemáticas, comprensión lectora, ciencias, innovación, etc.
A ello debe agregarse la destrucción o debilitamiento de instituciones construidas durante décadas.
El FONDEN desapareció bajo el argumento de combatir la corrupción, pero el país quedo sin aquel mecanismo financiero especifico para enfrentar desastres naturales. También desapareció el Consejo de Promoción Turística mientras una de las actividades que más divisas y empleos genera quedó sometida a una estrategia distinta de promoción internacional.
Después vino la ofensiva contra los organismos autónomos y los contrapesos institucionales. La obsesión por concentrar decisiones en Palacio Nacional debilitó instituciones regulatorias y de transparencia como el INAI, que precisamente habían sido creados para impedir que el Presidente fuera juez y parte.
En infraestructura, el balance tampoco puede separarse del costo de las decisiones presidenciales. La cancelación del aeropuerto de Texcoco significo abandonar una obra ya iniciada y asumir enormes compromisos financieros. En paralelo surgieron los proyectos emblemáticos del sexenio: Dos Bocas, Tren Maya y AIFA, entre otro, cuyas cuentas finales, rentabilidad y subsidios deberán ser con recursos públicos durante muchos años.
Todo ello ocurrió mientras el crecimiento económico resultó insuficiente para las necesidades de un país de más de 130 millones de habitantes. Pero la herencia más peligrosa tal parece que es la ingobernabilidad.
AMLO convirtió la polarización en método de gobierno. Dividió sistemáticamente entre buenos y malos. Desacreditó periodistas, empresarios, organizaciones civiles, jueces, órganos autónomos y prácticamente cualquier contrapeso que cuestionara sus decisiones.
AMLO endeudó al país como nadie y Sheinbaum está peor. Claudia heredó todo lo anterior y más, porque mientras más se empeñe en defender el legado de López Obrador, más tendrá que cargar con sus consecuencias. Y lo bueno fuera que ella sola lo pagara, pero no… la estamos pagando todas y todos los mexicanos.
@eduardguezh
