Las curules en juego y la última llamada para la relección.
Por: Juvenal Rosales Flores
Desde este primero de noviembre arrancó formalmente el proceso electoral local 2026-2027, pero hay que decirlo con claridad, esta elección será la última oportunidad que tendrán quienes actualmente ocupan una curul para buscar la reelección consecutiva bajo el modelo vigente. Por eso, esta elección tendrá un ingrediente adicional, ya que nadie quiere quedarse fuera de la jugada.
El próximo 6 de junio de 2027, las y los duranguenses acudirán a las urnas para elegir a quienes integrarán la nueva Legislatura del Congreso del Estado. Estarán en disputa 25 diputaciones locales: 15 de mayoría relativa, correspondientes a los distritos electorales, y 10 de representación proporcional. Una renovación que obligará a los partidos a revisar sus estructuras, identificar perfiles competitivos y, sobre todo, decidir quiénes tienen posibilidades reales de ganar en las urnas.
A esta contienda se suman cuatro diputaciones federales, que también estarán en juego, aunque es importante precisar que forman parte de una elección distinta. Es decir, Durango tendrá un escenario político de mayor amplitud, con dos pistas electorales que inevitablemente terminarán cruzándose en las estrategias de los partidos.
El dato que no debe pasar inadvertido es la presencia de 11 partidos políticos en la competencia local. Una cifra que anticipa una elección fragmentada, con múltiples intereses y negociaciones. Sin embargo, tener registro y aparecer en la boleta no significa necesariamente tener competitividad. La verdadera pregunta será cuántos de ellos llegarán con estructura, candidatos fuertes y capacidad para disputar los distritos.
Y aquí comienza uno de los primeros capítulos de esta historia: las alianzas. Porque en política una cosa es lo que se dice públicamente y otra muy distinta lo que se negocia en las mesas donde se toman las decisiones. El PAN y el PRI vuelven a colocarse en el centro de la conversación, pero sus dirigentes han enviado señales que merecen atención.
Mario Salazar, dirigente estatal del PAN, ha señalado que la alianza local con el PRI todavía no está definida; postura que deja abierta la negociación y evita anticipar compromisos que todavía no están formalizados. En contraste, Dany Soto, dirigente priista, ha adelantado la posibilidad de construir una coalición en los quince distritos electorales. Dos declaraciones que muestran distintos grados de certeza pública, pero que no necesariamente representan una ruptura ni un acuerdo consumado.
¿El PAN quiere mantener abiertas todas las posibilidades o simplemente busca llegar con mayor margen de maniobra a la mesa? ¿El PRI está convencido de que la alianza es el camino para mantener su presencia política? Son preguntas que seguramente tendrán respuesta conforme avance el calendario electoral.
Lo cierto es que una coalición en los 15 distritos no es un asunto menor. Implica distribuir candidaturas, revisar competitividades, definir quién encabeza cada fórmula y, sobre todo, ponerse de acuerdo en aquello que suele ser lo más complicado: ceder posiciones. Porque todos quieren ganar, pero nadie quiere perder espacios. Y ahí es donde las buenas intenciones suelen encontrarse con la realidad de los intereses partidistas.
Para el PAN, la elección representa la oportunidad de consolidar su presencia territorial y defender los espacios que actualmente gobierna. Para el PRI, significa demostrar que conserva estructura, militancia y capacidad de movilización. Una alianza podría fortalecerlos, pero también generar inconformidades internas si las candidaturas no responden a los equilibrios políticos de cada partido.
Mientras tanto, Morena y sus aliados buscarán capitalizar su presencia electoral y convertirla en triunfos distritales. No basta con tener una marca nacional fuerte; en una elección local cuentan los candidatos, el trabajo territorial, la cercanía con la ciudadanía y la capacidad de construir una agenda que conecte con las necesidades de las familias duranguenses. La competencia no se ganará únicamente desde los discursos nacionales.
Movimiento Ciudadano, por su parte, tendrá la oportunidad de medir si su crecimiento político puede traducirse en triunfos concretos. Los partidos pequeños y las fuerzas emergentes también tendrán que decidir si compiten solos, construyen acuerdos o buscan convertirse en piezas importantes dentro de las negociaciones. En una elección con 11 partidos, cada porcentaje puede tener consecuencias.
Pero hay otro elemento que merece especial atención: los actuales diputados y diputadas. Para quienes tienen aspiraciones de reelegirse, los próximos meses serán determinantes. Tendrán que demostrar que su paso por el Congreso dejó resultados, que conocen los problemas de sus distritos y que cuentan con respaldo ciudadano más allá de las estructuras partidistas. La curul no garantiza la candidatura y mucho menos el triunfo. La evaluación política también llegará desde las urnas.
Y en este contexto también ha surgido una reflexión desde la Iglesia católica. De cara al proceso electoral de 2027, el arzobispo Faustino Armendáriz Jiménez consideró que quienes busquen permanecer en un cargo público mediante la reelección deben evaluar los resultados de su gestión y preguntarse qué beneficios han generado para la población.
Una postura que coloca sobre la mesa un tema fundamental: la reelección no debe entenderse como un derecho automático a permanecer en el poder, sino como una oportunidad que debe estar respaldada por resultados. El mensaje tiene destinatarios claros: quienes hoy ocupan una responsabilidad pública tendrán que rendir cuentas, no solamente a sus partidos, sino principalmente a los ciudadanos.
Ahora falta saber quiénes tienen los números, quiénes tienen partido, quiénes tienen alianza y, lo más importante, quiénes tienen realmente el respaldo de los ciudadanos. Porque al final, las negociaciones se hacen en las mesas políticas, pero las diputaciones se ganan en las urnas.
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