El monstruo que se comió el Mundial
En la Ciudad de México, Emiliano pateaba una pelota desinflada contra una pared grafiteada a unas cuantas calles del Estadio Azteca. Cada golpe levantaba polvo y pequeñas nubes de cemento viejo. Desde donde estaba, podía ver las enormes estructuras metálicas que rodeaban al estadio como si fueran las murallas de una ciudad prohibida.
Había crecido escuchando historias del Mundial de 1986. Su abuelo hablaba de Maradona como otros hablan de santos. Emiliano imaginaba que algún día vería una Copa del Mundo en su propio país. El Mundial finalmente llegó, pero no para él.
En Guadalajara, Valeria jugaba sobre una cancha improvisada marcada con piedras y botellas vacías. A lo lejos, el Estadio Akron brillaba bajo el sol como una nave espacial aterrizada en medio de una ciudad que parecía vivir dos realidades distintas. En una, los anuncios gigantes prometían la fiesta más grande del planeta. En la otra, ella calculaba si el dinero de la semana alcanzaría para unos tacos después de entrenar.
En Monterrey, Diego observaba el Estadio BBVA reflejar los últimos rayos del atardecer. El inmueble parecía una joya de cristal incrustada entre montañas. Diego soñaba con sentarse en una de esas tribunas y escuchar el himno nacional durante un partido mundialista. Luego veía los precios de los boletos en internet y la fantasía se desmoronaba más rápido que una portería improvisada bajo la lluvia.
Los tres niños compartían algo más que la pasión por el fútbol.
Compartían la certeza silenciosa de que el Mundial organizado en su propio país no había sido diseñado para ellos.
Porque mientras ellos contaban monedas, otros contaban acciones bursátiles.
Mientras ellos coleccionaban estampitas, otros coleccionaban paquetes VIP.
Mientras ellos aprendían a dominar el balón en calles rotas, otros aprendían a dominar mercados financieros.
Y fue entonces cuando apareció.
No en los comerciales.
No en las ceremonias.
No en las conferencias de prensa.
Sino detrás de todo.
Era enorme.
Un balón antiguo, gigantesco, del tamaño de una montaña.
Su piel estaba hecha de cuero envejecido y remendado. Las costuras sobresalían como cicatrices abiertas. Cada panel parecía marcado por décadas de contratos, patrocinios y negociaciones realizadas lejos de cualquier cancha de barrio.
Tenía una boca.
Una boca inmensa.
Oscura.
Sin fondo visible.
No masticaba pasto.
No devoraba goles.
No se alimentaba de pasión.
Comía dinero.
Fajos de dólares.
Transferencias electrónicas.
Contratos de televisión.
Paquetes corporativos.
Patrocinios multinacionales.
Cada vez que abría sus fauces, el sonido se parecía al de una caja registradora multiplicada por millones.
El monstruo rodaba lentamente sobre México.
Pasó por la capital dejando enormes sombras sobre los barrios que habían construido generaciones de aficionados.
Atravesó Guadalajara aspirando inversiones, contratos y derechos comerciales.
Cruzó Monterrey dejando detrás una estela de espectaculares luminosos y promesas de prosperidad cuidadosamente empaquetadas para conferencias de negocios.
Donde pasaba, repetía el mismo discurso:
«Derrama económica.»
«Derrama económica.»
«Derrama económica.»
Las palabras caían como confeti.
Los billetes, en cambio, parecían viajar en otra dirección.
Lejos.
Muy lejos.
Hacia oficinas climatizadas.
Hacia consejos corporativos.
Hacia cuentas bancarias imposibles de pronunciar para quienes viven del salario semanal.
Mientras tanto, los verdaderos creyentes del fútbol permanecían fuera.
Mirando desde cercas metálicas.
Desde pantallas instaladas en plazas públicas.
Desde transmisiones gratuitas llenas de publicidad.
Los estadios se llenaban de celebridades que consultaban el marcador en sus teléfonos.
Influencers que documentaban más los canapés que los partidos.
Ejecutivos que confundían un fuera de lugar con una estrategia de marketing.
Invitados especiales que jamás habían sentido el dolor de perder una final en una cancha de tierra.
El deporte que alguna vez perteneció a la calle ahora parecía exhibirse detrás de un cristal blindado.
Los niños seguían jugando.
Emiliano en la Ciudad de México.
Valeria en Guadalajara.
Diego en Monterrey.
Seguían corriendo detrás de un balón desgastado porque el fútbol, en su forma más pura, todavía sobrevivía lejos de los reflectores.
Pero el Mundial era otra cosa.
Era un producto.
Una marca.
Un escaparate global.
Y mientras las cámaras transmitían imágenes espectaculares de estadios llenos y ceremonias impecables, el monstruo seguía rodando.
Más grande.
Más pesado.
Más hambriento.
Porque descubrió hace mucho tiempo que la pasión no cotiza en bolsa.
Pero sí puede venderse.
Y quizá esa sea la historia más triste de todas.
No que el fútbol haya dejado de ser hermoso.
Sino que el torneo más grande del planeta aprendió a vivir perfectamente sin la gente que le dio vida.
La palabra del Giocondo
Escuchar al campo… y llegar a tiempo. Por: Alejandro Flores de la Parra. En política, no todos los programas...
