Escuchar al campo… y llegar a tiempo.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En política, no todos los programas públicos se evalúan por el monto de la inversión. Algunos terminan siendo juzgados por un factor mucho más sencillo: el tiempo. En el campo, un apoyo que llega tarde vale poco; uno que llega cuando inicia la temporada de lluvias puede marcar la diferencia entre una buena cosecha de forraje y un año de pérdidas.
Bajo esa lógica puede entenderse la decisión del Gobierno de Esteban Villegas Villarreal de firmar convenios con los alcaldes de 28 municipios para descentralizar la entrega de 4 mil 500 toneladas de semilla de avena. Más allá del acto protocolario, el mensaje político resulta claro: acercar la capacidad de respuesta del gobierno a los municipios para que los insumos lleguen cuando las condiciones climáticas son favorables y no cuando la agenda oficial lo permita.
La estrategia responde, además, a una demanda expresada por los propios productores durante los recorridos realizados semanas atrás: contar con semilla en el momento oportuno. Escuchar esa petición y modificar el mecanismo de distribución representa un cambio de enfoque que privilegia la eficiencia sobre el simbolismo político.
Los números ayudan a dimensionar el alcance del programa. Durante el periodo 2022-2026 se habrán distribuido más de 10 mil 500 toneladas de semilla, beneficiando a poco más de 35 mil productores y fortaleciendo más de 105 mil hectáreas destinadas a la producción de forraje. Tan sólo este año, la inversión asciende a 81 millones de pesos para atender a 15 mil productores que cultivarán alrededor de 45 mil hectáreas.
Pero quizá el dato más revelador no está en las toneladas entregadas, sino en sus efectos. Mientras en 2011 la sequía provocó la muerte de aproximadamente 120 mil cabezas de ganado, en 2025 esa cifra se redujo a cerca de mil 300. Aunque intervienen diversos factores —desde mejores prácticas pecuarias hasta condiciones climáticas variables—, la disponibilidad de forraje producido localmente ha contribuido de manera importante a disminuir la vulnerabilidad del hato ganadero durante los periodos de estiaje.
Si las proyecciones se cumplen, la cosecha de este año podría generar entre 300 mil y 400 mil toneladas de forraje con un valor económico estimado de entre mil 100 y mil 600 millones de pesos. Más allá de la cifra, el impacto real estaría en reducir la dependencia de comprar alimento externo para el ganado, disminuir costos de producción y fortalecer la rentabilidad de miles de familias dedicadas a la actividad pecuaria.
También existe una lectura política interesante. La firma de convenios con alcaldes de distintos municipios refleja un esquema de coordinación institucional poco común en tiempos donde las diferencias partidistas suelen obstaculizar la ejecución de programas públicos. En este caso, el éxito dependerá menos del color político de cada administración municipal y más de su capacidad para entregar la semilla donde realmente se necesita y en el momento adecuado.
En el municipio de Durango, por ejemplo, la inversión supera los 10.8 millones de pesos para distribuir 600 toneladas de semilla destinadas a sembrar alrededor de 6 mil hectáreas en la zona serrana, una región donde la producción de forraje representa un componente estratégico para la ganadería local.
Por supuesto, ningún programa agrícola resuelve por sí solo los desafíos estructurales del campo duranguense. La sequía continúa siendo una amenaza permanente y la productividad dependerá también de infraestructura hidráulica, tecnificación, acceso al financiamiento y mejores condiciones de comercialización. Sin embargo, cuando una política pública logra responder a una necesidad concreta, con reglas claras y en los tiempos que exige el ciclo agrícola, deja de ser únicamente un gasto gubernamental para convertirse en una inversión con posibilidades reales de generar valor económico y estabilidad social.
En política suele decirse que gobernar también consiste en saber escuchar. En el campo, además, hay que saber llegar a tiempo. Y, en ocasiones, esa diferencia puede medirse no sólo en toneladas de avena, sino en miles de cabezas de ganado, en el ingreso de las familias rurales y en la confianza que los productores depositan en sus instituciones.