POR: LILY ORTIZ
Foros, encuestas y dudas: lo que viene con la reforma electoral
La política mexicana vuelve a girar en torno a una de sus discusiones más recurrentes: la reforma electoral. Esta vez, el tablero se mueve bajo la coordinación de figuras clave como Pablo Gómez, a quien la presidenta Claudia Sheinbaum ha encomendado el diseño de un nuevo sistema de partidos y financiamiento, y bajo la operación política de senadores como Adán Augusto López y Ricardo Monreal, piezas indispensables para garantizar que Morena logre las mayorías necesarias en el Congreso. El hecho de que López mantenga su posición, pese al escándalo que involucra a un excolaborador cercano, evidencia que la prioridad del partido no es limpiar la imagen, sino asegurar operadores políticos capaces de empujar las reformas en curso.
En los hechos, ya se han alcanzado algunos acuerdos: se conformó un grupo permanente de trabajo entre el INE y la Comisión Presidencial para dar seguimiento técnico a la propuesta; se abrió la puerta a consultas y foros ciudadanos a partir de octubre; y se fijó como fecha límite junio de 2026 para tener lista la iniciativa que aplicaría en los comicios de 2027. La Consejera Presidenta del INE, Guadalupe Taddei, ha insistido en que cualquier modificación deberá ser viable operativamente y garantizar certeza a la ciudadanía, recordando que sin un andamiaje técnico sólido, cualquier reforma es inviable.
Los temas sobre la mesa no son menores: eliminación del fuero constitucional, primarias obligatorias, reducción de financiamiento a partidos y ajustes al esquema de plurinominales. Una reforma que, en palabras de Gómez, no será “producto de camarillas”, sino un cambio “social y de Estado”. La promesa es ambiciosa: colocar a la ciudadanía como última voz de decisión mediante encuestas y consultas.
Pero las dudas son inevitables. ¿Realmente se abrirá espacio a la oposición, a la academia y a la sociedad civil con voz y voto real? ¿O los foros ciudadanos serán más un ejercicio de legitimación que de deliberación? En un país acostumbrado a reformas que se presentan como históricas y terminan atrapadas en cálculos partidistas, la incertidumbre sobre los alcances reales de esta iniciativa está más que justificada. Morena insiste en que busca convencer de que esta reforma es “la mejor opción para México”, pero convencer no significa imponer ni usar la mayoría legislativa como cheque en blanco.
Porque el verdadero reto no es técnico ni legislativo: es de confianza. Y ahí es donde el proyecto tambalea; la democracia no se fortalece únicamente con nuevas reglas, sino con la percepción ciudadana de que esas reglas nacieron de un consenso amplio, honesto y no de un interés coyuntural del partido en el poder.
La gran pregunta que quedará sobre la mesa es si esta reforma electoral será el instrumento para modernizar el sistema político y acercarlo a la gente, o si se convertirá en un traje a la medida de quienes hoy gobiernan. En política, los tiempos cambian rápido; lo que hoy parece una ventaja puede mañana convertirse en un error histórico. Y si algo debería quedar claro es que las reglas del juego democrático no pueden ni deben diseñarse pensando solo en el jugador que lleva momentáneamente la delantera.
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