POR: LILY ORTIZ
“No es un piropo, es violencia”
El reciente episodio de acoso que sufrió la presidenta Claudia Sheinbaum no solo revela una falta de respeto hacia una figura pública; exhibe un problema social profundamente arraigado en México. Un país donde, de acuerdo con estimaciones, más de 40 mil mujeres sufren diariamente algún tipo de acoso o violencia en espacios públicos, ya sea en las calles, el transporte o incluso en su entorno laboral.
Durante años, la sociedad mexicana normalizó estas conductas bajo la idea del “piropo inocente” o la “broma pasajera”. Pero no hay nada inocente en una acción que intimida, vulnera y a veces la vida de una mujer.; el acoso no es una muestra de admiración; es una demostración de poder, una forma de violencia que busca controlar y reducir la libertad del otro.
Por eso, es tan importante el paso que dio el Congreso de Durango al tipificar el acoso callejero como delito, a través de la iniciativa presentada por la diputada Sughey Torres, del PRI. Esta reforma, ya aprobada, contempla penas de hasta cinco años de cárcel para quien incurra en este tipo de agresiones; y aunque a algunos sectores les ha incomodado esta medida, incluso tachándola de “exagerada” o “innecesaria”, no hay exageración posible cuando ocho de cada diez mujeres en Durango han sido víctimas de acoso o violencia en espacios públicos.
El acoso callejero no es un invento ni un exceso legislativo: es una realidad documentada que hiere todos los días. Y ahora, gracias a esta reforma, podrá también documentarse con evidencia, ya sea a través de videos, audios o cámaras de vigilancia, herramientas que serán clave para respaldar las denuncias y hacer valer la ley.
Que la presidenta haya sido víctima de acoso en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, rodeada de cámaras, escoltas y atención pública; debe hacernos reflexionar: si eso le ocurre a la mujer más protegida del país, ¿qué no enfrentan las mujeres comunes cada día? Sin embargo, también surgieron voces que aseguran que todo fue un montaje político. Si así fuera, estaríamos ante una falta de respeto gravísima hacia un tema que lastima profundamente a millones de mexicanas. Jugar con la violencia de género con fines propagandísticos sería un acto inexcusable, porque trivializar el acoso significa volver a colocar a las víctimas en el terreno de la duda y la burla.
Y si, por el contrario, el acoso fue real, el hecho de que existan quienes lo pongan en duda habla de una sociedad que se ha vuelto incrédula ante cualquier situación que provenga del poder. Una sociedad cansada, desconfiada, que ya no distingue entre lo auténtico y lo manipulado. Esa incredulidad también es peligrosa, porque erosiona la empatía y deja a las verdaderas víctimas sin respaldo.
Los piropos no son halagos cuando incomodan; el contacto físico no consentido no es cercanía, es agresión. La verdadera galantería está en el respeto, no en la invasión.
La sociedad mexicana necesita entender que las calles no deben ser un campo de miedo, sino de libertad. La reforma en Durango es un paso firme hacia ese objetivo; pero, de poco servirá si no cambiamos la mentalidad colectiva. Tipificar el delito es necesario; erradicar la cultura que lo normaliza, es indispensable.
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