POR: LILY ORTIZ
A ocho días del silbatazo
Hoy miércoles faltarán apenas ocho días para que el Mundial 2026 comience oficialmente; ocho días para que México vuelva a colocarse frente a los ojos del planeta en uno de los acontecimientos deportivos, económicos y culturales más importantes de nuestra historia reciente.
No se trata únicamente de fútbol. Nunca ha sido sólo fútbol.
Un Mundial representa inversión, turismo, derrama económica, promoción internacional y una oportunidad invaluable para proyectar la imagen de un país; durante semanas, millones de personas seguirán cada partido, cada transmisión y cada imagen que salga de las ciudades anfitrionas. México volverá a ser escaparate global, compartiendo la organización con Estados Unidos y Canadá, pero con la enorme responsabilidad de mostrar su mejor rostro.
Sin embargo, para los mexicanos hay algo más profundo que las cifras económicas o los indicadores turísticos; existe una conexión emocional difícil de explicar para quienes no crecieron viendo a la Selección Nacional. El Mundial es una tradición generacional, es la ilusión de ver competir a México, de compartir partidos en familia, de ver reunidos a amigos frente a una pantalla y de recibir en nuestras ciudades a algunos de los mejores futbolistas del planeta.
Estamos a días de que figuras que normalmente observamos desde la distancia lleguen a territorio mexicano; los mejores jugadores del mundo, las selecciones más importantes y miles de aficionados extranjeros recorrerán nuestras calles, sin duda es una oportunidad que ningún país desaprovecha.
Por eso resulta preocupante que, en paralelo a esta cuenta regresiva, las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) mantengan un clima de incertidumbre en la Ciudad de México. Más aún cuando algunos de sus dirigentes han advertido que “no rodará el balón” si no existe una respuesta favorable a sus demandas.
Aquí surge una discusión compleja.
Por un lado, es válido preguntarse si las autoridades federales subestimaron el conflicto magisterial o carecieron del tacto político suficiente para construir acuerdos antes de llegar a este punto; y es que es cierto, lo conflictos sociales rara vez aparecen de la noche a la mañana; generalmente son el resultado de años de desencuentros, promesas incumplidas y canales de diálogo desgastados.
Pero también es legítimo cuestionar si la CNTE está utilizando el escaparate mundialista como mecanismo de presión política, aprovechar un evento internacional de esta magnitud para elevar el costo de un conflicto puede ser una estrategia eficaz para llamar la atención del gobierno, aunque ello implique afectar a millones de ciudadanos que nada tienen que ver con las negociaciones.
Lo cierto es que ninguna de las partes parece tener margen para una postura de todo o nada. El gobierno argumenta limitaciones presupuestales para atender algunas exigencias; la Coordinadora sostiene que no renunciará a sus demandas históricas, entre ambos extremos se encuentra el interés nacional.
Porque México no dejará de tener problemas durante el Mundial; la pobreza, la inseguridad, las carencias en salud o educación no desaparecerán porque ruede un balón. Pero tampoco significa que el país deba renunciar a disfrutar una celebración deportiva que pertenece a todos.
A nadie le conviene que el Mundial se convierta en rehén de una disputa política. Ni al gobierno, que sería exhibido internacionalmente por su incapacidad para construir acuerdos; ni a la CNTE, que correría el riesgo de perder respaldo ciudadano; ni mucho menos a los millones de mexicanos que esperan vivir esta fiesta con entusiasmo.
Faltan ocho días para el silbatazo inicial. Ocho días para que México vuelva a ocupar un lugar privilegiado en el escenario mundial. Ojalá que cuando llegue ese momento, la noticia principal sea el fútbol, la hospitalidad de nuestro país y la emoción de una nación que, más allá de sus diferencias, sabe unirse alrededor de una misma pasión.
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