La GenZ sale a las calles… y el Gobierno responde con los fantasmas que juró enterrar.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La marcha de la Generación Z del 15 de noviembre prometía ser una postal distinta: jóvenes pidiendo seguridad, justicia y un país que no les quite más amigos antes de los 30. Miles caminaron desde el Ángel hacia el Zócalo en un ambiente que, al principio, parecía más festival que protesta: banderas de One Piece, carteles contra la corrupción, y ese tono de humor negro tan propio de quienes nacieron entre crisis financieras, pandemias y gobiernos que nunca terminan de cumplir.
Pero todo cambió cuando comenzó el choque. Un grupo encapuchado —ese bloque negro que aparece como tormenta en cada marcha— derribó vallas y lanzó piedras y objetos contra la policía capitalina en el Centro Histórico. La respuesta fue inmediata: escudos, golpes, gas, extintores. En segundos, la protesta juvenil se transformó en un episodio de represión que, para muchos, recordó los viejos tiempos de los granaderos… esos que, según Claudia Sheinbaum, ya no existían.
El saldo fue tan elocuente como incómodo: alrededor de 140 lesionados, entre ellos más de 100 policías y 20 civiles; además de 40 detenidos, la mitad remitidos al Ministerio Público. Varios periodistas resultaron heridos por empujones, proyectiles y gases, pese a identificarse como prensa. Una escena que ya hemos visto, pero cuya repetición, esta vez bajo el mando de quien prometió lo contrario, pesa como una contradicción difícil de ignorar.
La presidenta y su espejo: cuando el discurso choca con la realidad.
Sheinbaum construyó parte de su identidad política acusando a gobiernos anteriores de reprimir. En 2018 celebró con discursos y tuits que la Ciudad de México “por fin” eliminara definitivamente a los granaderos. Era un símbolo: el fin del modelo autoritario para contener protestas.
Pero la eliminación fue más de marketing que de estructura. Se cambiaron nombres, se reasignaron funciones y se mantuvo la misma lógica operativa. Ya entonces organizaciones como Artículo 19 señalaron encapsulamientos, uso de extintores como armas y un trato intimidatorio contra mujeres, estudiantes y activistas. Sheinbaum lo negó todo: “No se usó gas lacrimógeno”, insistía. “No reprimimos.”
Cinco años después, la historia la alcanza.
Los videos de la marcha Gen Z muestran a policías empleando gas para dispersar a manifestantes, además de golpes y detenciones violentas contra asistentes que no estaban agrediendo a nadie. Lo que la ahora presidenta condenaba como oposición, lo ejecuta como gobernante. Y no hay disclaimer político que lo suavice: cuando la fuerza pública recurre a tácticas de represión, el discurso pierde autoridad y la memoria cobra factura.
“No me interesa quién convocó. El hartazgo es real”.
Uno de los momentos definitorios de la marcha fue la frase que repetían varios jóvenes: “No importa quién la convocó. El hartazgo es real.” Con eso derribaron la narrativa oficial que acusaba al movimiento de ser una maniobra de la oposición, empresarios incómodos o influencers pagados.
Porque sí: hubo gente mayor, hubo perfiles conservadores y hubo oportunistas. Pero también miles de jóvenes que no creen ni en el PAN, ni en Morena, ni en el PRI, ni en nadie. Jóvenes que crecieron entre feminicidios, desapariciones, extorsiones y gobiernos que siempre prometen combatir la corrupción… mientras negocian con ella.
Los testimonios hablan solos:
• Alexander, 21 años: “Ya no hay un lugar seguro en México.”
• Casandra, 28: “Vengo por salud; ya no hay medicamentos.”
• Emmanuel, 21: “Estamos cansados de cómo se maneja el país.”
• Araceli, 25: “El asesinato de Carlos Manzo fue la gota que derramó el vaso.”
• Mauricio, 28: “No sé quién convocó la marcha… y me da igual.”
No es un movimiento “controlado”. Es un movimiento cansado.
Y ese cansancio se volvió político.
La narrativa del Gobierno: magnates, piratas y conspiraciones.
El Gobierno intentó explicar la marcha como una “campaña internacional” impulsada por empresarios críticos del oficialismo, entre ellos Ricardo Salinas Pliego. Pero mientras las mañaneras hablaban de conspiraciones, los jóvenes marchaban con banderas de One Piece, ese anime donde los protagonistas luchan contra gobiernos corruptos y sistemas injustos.
La mitad del país puede burlarse de que los jóvenes adopten símbolos ficticios, pero lo cierto es que la otra mitad debería preocuparse: cuando una generación abraza a piratas rebeldes como bandera política, es porque no encontró referentes en la realidad.
Sheinbaum respondió con estadísticas y señalamientos hacia la oposición. La Gen Z respondió con memes, ironía y presencia física en las calles. Si el gobierno quiere recuperar credibilidad con esta generación, va a necesitar algo más que conferencias matutinas y comunicados oficiales.
Mientras tanto en Michoacán: una lluvia de millones y promesas.
En paralelo a los disturbios, el Gobierno presentó el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, una estrategia millonaria para apoyar al sector agroalimentario y reactivar el campo. Suena muy bien: 292 millones en apoyos directos, 1,509 millones en créditos, 335 millones para desarrollo forestal, 502 millones para electrificación y más de 1,300 millones para cerrar la brecha digital.
Incluso se ampliará Sembrando Vida con miles de nuevos beneficiarios.
¿Pero qué tiene que ver esto con la Gen Z?
Nada. Y ese es justamente el problema.
Mientras el gobierno anuncia inversiones a mediano plazo, la generación que protestó exige seguridad hoy, no dentro de tres años. Exige justicia por Carlos Manzo ahora, no acompañamientos técnicos para el aguacate en 2027. Exige entender por qué, en un país militarizado, la gente sigue cayendo muerta bajo las balas del crimen organizado.
Es como si el Gobierno respondiera a un incendio con un folleto sobre prevención de incendios para 2030.
Un gobierno enfrentado a su propia promesa.
La marcha de la Generación Z dejó al descubierto tres verdades que el Gobierno difícilmente podrá ignorar:
1. El hartazgo juvenil es auténtico y transversal. No es una conspiración ni un montaje. Es un reclamo que cruza clases sociales, estados y preferencias políticas.
2. La contradicción del gobierno es evidente. Sheinbaum criticaba la represión; ahora la justifica. Prometió no repetir viejos métodos; ahora los utiliza con nuevos uniformes.
3. El costo político apenas comienza. Si la respuesta a los jóvenes es gas, golpes y teorías conspirativas, la brecha entre gobierno y generación será irreversible. Si en vez de ello abre canales reales de diálogo, aún puede evitar que el enojo se convierta en ruptura.
La Gen Z ya habló.Lo difícil será si el Gobierno decide escuchar… o seguir viendo fantasmas mientras siembra aguacates.
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