El presupuesto que no se ve: el poder silencioso de Adán Augusto en el Senado.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En el México político contemporáneo, pocas cosas son tan reveladoras como el presupuesto. No es un documento técnico; es un mapa de poder. Dice quién decide, quién obedece y —sobre todo— quién reparte. Por eso el dato publicado por Reforma no es un simple ajuste contable: es una radiografía del tipo de Senado que Morena ha construido bajo el liderazgo de Adán Augusto López Hernández.
De acuerdo con documentos del Comité de Administración del Senado, una partida presupuestal prácticamente desconocida para la opinión pública —el Capítulo 4000, “Transferencias, asignaciones, subsidios y otras ayudas”— pasó de 8 millones 69 mil pesos en 2024 a 894 millones de pesos en 2025. El incremento es brutal: más de 11 mil por ciento.
No se trata de una errata. Tampoco de un proyecto extraordinario. Es, simple y llanamente, una bolsa que queda bajo control discrecional de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), presidida por Adán Augusto, quien además encabeza la bancada de Morena.
En términos políticos, ese dinero equivale a algo mucho más poderoso que una mayoría legislativa: es una caja de incentivos.
El presupuesto como herramienta de disciplina.
Una fuente parlamentaria citada por Reforma lo dijo sin rodeos: de ahí salen los “apoyos y estímulos” para senadores de Morena, para sus aliados del PT y del Verde, y —cuando conviene— para las bancadas opositoras. No son recursos sujetos a auditoría ordinaria. En el argot legislativo, entran en la nebulosa categoría de las “otras ayudas”.
Traducido al lenguaje llano: es dinero que sirve para aceitar la maquinaria política.
En cualquier Congreso del mundo, los liderazgos parlamentarios manejan incentivos. Lo que distingue al caso mexicano es la magnitud, la opacidad y el contraste con otras áreas del gasto.
Mientras el Capítulo 4000 se infla como un globo, el Senado dejó en cero la inversión pública. En el Capítulo 6000, destinado a infraestructura, equipamiento y proyectos de largo plazo, en 2025 no se gastó un solo peso. En 2024 había al menos 5.3 millones. En 2025, nada.
Tampoco hubo recursos en el Capítulo 7000, de inversiones financieras y previsiones. Cero en 2024 y cero en 2025.
El mensaje es claro: no se está invirtiendo en el futuro institucional del Senado; se está invirtiendo en su gobernabilidad política inmediata.
Un Senado que gasta, pero no moderniza.
El gasto total del Senado pasó de 4 mil 202 millones de pesos en 2024 a 4 mil 251 millones en 2025. Es decir, el presupuesto global creció poco. Pero la forma en que se distribuyó cambió mucho.
Casi la mitad del dinero —2 mil 495 millones— se fue al Capítulo 1000: sueldos, prestaciones, dietas y nómina. Eso es normal en cualquier parlamento.
Lo que no es normal es que, paralelamente, se haya creado una súper bolsa de casi 900 millones sin reglas claras, sin trazabilidad pública y sin auditoría efectiva, justo en manos del político que controla la agenda, los tiempos, las comisiones y las alianzas.
El Capítulo 3000, otra partida discrecional que financia a los grupos parlamentarios, órganos de gobierno y comisiones, también creció: pasó de 70.6 a 76.3 millones de pesos. A eso se suman otros 12 millones adicionales. No son cifras explosivas, pero refuerzan la misma lógica: más recursos flexibles, menos control ciudadano.
El caso Belisario Domínguez: cuando la investigación se vuelve ornamento.
Este patrón de poder presupuestal se reproduce en el Instituto Belisario Domínguez (IBD), que en teoría es el cerebro técnico del Senado. Su función es realizar investigaciones estratégicas sobre el desarrollo nacional, análisis de coyuntura y estudios para respaldar el trabajo legislativo.
En la práctica, hoy es otra caja opaca.
Para 2025, el IBD tuvo un presupuesto de 11.7 millones de pesos. Desde que Morena y Adán Augusto tomaron su control en septiembre de 2024, su operación perdió visibilidad y peso técnico. Lo que antes era un órgano respetado, hoy es un espacio donde el dinero se ejerce sin que se sepa con claridad en qué ni para qué.
No es una anomalía aislada. Es coherente con un Senado que ya no privilegia la producción de conocimiento, sino la administración del poder.
Más que un escándalo contable, un modelo político.
El aumento del 11 mil por ciento en el Capítulo 4000 no es un error ni una casualidad. Es un diseño.
En un Congreso fragmentado, con tensiones internas, negociaciones constantes y una agenda gubernamental exigente, la herramienta más eficaz no es el discurso ni la amenaza: es el presupuesto discrecional.
Adán Augusto no solo coordina a los senadores de Morena. Coordina expectativas, lealtades y silencios. Y lo hace con una bolsa de casi 900 millones de pesos que no aparece en los discursos, pero sí en las decisiones.
Para una democracia, el problema no es que exista negociación política. El problema es cuando se hace con dinero público que nadie puede rastrear.
No nos hagamos tarugos.
Lo que revelan los documentos citados por Reforma es que el Senado de la República se ha convertido, bajo la actual mayoría, en una institución donde el poder ya no se construye con argumentos ni con proyectos, sino con transferencias.
Menos inversión, menos análisis, más discrecionalidad. Esa es la ecuación.
Y en política, como en la vida, cuando el dinero se mueve en la sombra, casi nunca es por razones nobles.
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