El relevo incómodo de “Andy”.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La renuncia de Andrés Manuel López Beltrán a la Secretaría de Organización de Morena confirma algo que en política suele negarse hasta que resulta inocultable: los apellidos ayudan a llegar, pero no necesariamente alcanzan para consolidarse. Y menos cuando la operación electoral comienza a mostrar grietas.
La salida de “Andy” —anunciada apenas unos días antes de la elección en Coahuila y acompañada de su intención de buscar una diputación federal en Tabasco rumbo a 2027— abrió inmediatamente la temporada de sarcasmos opositores. El PRI habló de una retirada estratégica para evitar “otra derrota como la de Durango”, mientras que el PAN, en voz de Jorge Romero, dijo incluso que les “daba pena” que se fuera quien les había regalado “palizas” donde Morena terminaba en cuarto lugar. La ironía opositora no es gratuita: pocas veces el oficialismo había mostrado señales tan visibles de desgaste interno.
Pero más allá de la grilla instantánea y los memes políticos —que hoy duran más que algunos liderazgos partidistas—, la salida de López Beltrán merece un análisis más equilibrado. Porque ni fue el estratega infalible que presumían los sectores más radicales de Morena, ni tampoco el desastre absoluto que hoy intenta vender la oposición.
Su gestión tuvo resultados tangibles. Bajo su conducción, Morena impulsó una agresiva campaña de afiliación que, según cifras del propio partido, elevó el padrón hasta los 10 millones de militantes y fortaleció la estructura territorial mediante módulos de credencialización y reorganización interna.
En términos de maquinaria electoral, eso importa. Mucho. Porque Morena entendió desde hace años que las elecciones no sólo se ganan en redes sociales o en conferencias mañaneras, sino con operadores territoriales, movilización y control de estructura. Ahí, “Andy” sí construyó músculo político.
El problema fue otro: la expectativa.
Ser el hijo del fundador del movimiento más poderoso de las últimas décadas en México no es precisamente un cargo menor. López Beltrán llegó a Morena cargando simultáneamente dos herencias: el capital político de Andrés Manuel López Obrador y el peso de demostrar que no estaba ahí únicamente por el apellido. Y en política, demostrar independencia cuando se llama igual que el padre suele ser más complicado que explicar una asamblea de Morena sin tribus internas.
Las derrotas y retrocesos electorales de 2025 golpearon directamente esa narrativa. Durango se convirtió en símbolo de ello. Morena no logró consolidarse como esperaba y la alianza PRI-PAN consiguió mantenerse competitiva e incluso dominante en varias posiciones clave.
Aquello exhibió algo incómodo para el oficialismo: Morena sigue siendo una maquinaria nacional formidable, pero no necesariamente invencible en territorios donde la oposición todavía conserva estructura, operadores locales y viejas redes clientelares que sobreviven desde tiempos en que el PRI repartía más candidaturas que ideología.
Además, la gestión de López Beltrán quedó marcada por escándalos internos, tensiones con liderazgos morenistas y cuestionamientos sobre la creciente concentración de poder familiar dentro del movimiento. Diversos reportes periodísticos documentaron fricciones con Luisa María Alcalde, intervenciones directas de Claudia Sheinbaum para reordenar la dirigencia y críticas por episodios que chocaban con el discurso de austeridad del obradorismo.
Paradójicamente, el gran riesgo para Morena no es que la oposición se burle de “Andy”. Eso, de hecho, hasta puede fortalecer la narrativa de victimización política que tan bien domina el obradorismo. El verdadero problema es otro: que Morena empiece a parecerse demasiado a aquello que prometió combatir.
Porque mientras el discurso oficial sigue hablando de transformación, las pugnas internas, los grupos regionales, las cuotas de poder y las candidaturas familiares comienzan a recordar peligrosamente al viejo PRI… sólo que ahora en color guinda.
La salida de López Beltrán también parece responder a una lógica más pragmática: abandonar la operación interna antes de que el desgaste del partido termine consumiendo su propio futuro político. Una diputación en Tabasco luce menos como un retiro y más como una reubicación estratégica. En política mexicana, perder poder en la dirigencia no siempre significa caer; a veces sólo implica cambiar de ventanilla.
Y ahí está quizá el dato más importante: “Andy” no se va derrotado del todo, pero tampoco sale fortalecido. Sale exhibido como un operador que sí ayudó a construir estructura, aunque todavía lejos de demostrar que puede convertirse en un liderazgo nacional con peso propio.
Mientras tanto, PRI y PAN celebran la noticia como si hubieran recuperado Los Pinos. Tal vez convendría recordarles que burlarse del desgaste de Morena no equivale automáticamente a reconstruir credibilidad. Porque si algo ha demostrado la política mexicana reciente es que el electorado puede castigar al oficialismo… sin necesariamente enamorarse de la oposición.
Y ésa sigue siendo la gran tragedia —y también la gran oportunidad— del sistema político mexicano actual.