El mundo no da puntos por contexto.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Claudia Sheinbaum tiene razón en algo que conviene reconocer antes de convertir PISA 2025 en otra batalla entre oficialistas y opositores: medir con la misma vara a estudiantes de 91 países con realidades económicas, culturales y educativas radicalmente distintas tiene limitaciones.
La propia OCDE admite matices importantes. En México, parte del deterioro estadístico puede explicarse porque hoy una mayor proporción de jóvenes provenientes de sectores históricamente marginados permanece dentro del sistema educativo y, por tanto, entra en la medición. Eso es, indiscutiblemente, una buena noticia. Además, el desplome educativo no es exclusivamente mexicano: entre 2015 y 2025 el promedio de la OCDE perdió 22 puntos en matemáticas y 28 en lectura. Estamos ante un problema internacional agravado por pantallas, pandemia, cambios en los hábitos de lectura y nuevas tecnologías.
Hasta ahí, la Presidenta tiene argumentos.
El problema comienza cuando una explicación corre el riesgo de adquirir cara de pretexto.
Porque PISA quizá no mida perfectamente la educación mexicana, pero sí plantea una pregunta mucho más incómoda: ¿con qué herramientas estamos enviando a nuestros jóvenes a competir en el mundo real?
Los números son difíciles de maquillar con pedagogía discursiva. En matemáticas, apenas 30% de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia, frente a 65% en el promedio de la OCDE. En lectura y ciencias lo consiguió alrededor de la mitad. Y prácticamente no tenemos estudiantes en los niveles superiores de desempeño.
Traducido del idioma PISA al español cotidiano: siete de cada diez jóvenes evaluados tienen dificultades para utilizar matemáticas básicas en situaciones que requieren interpretar y resolver problemas; uno de cada dos no alcanza el umbral mínimo esperado para comprender y analizar textos; y la mitad tampoco llega al nivel básico en ciencias.
Eso ya no es una discusión ideológica. Es capital humano.
Sheinbaum destacó que México mejoró ligeramente en ciencias, defendió la Nueva Escuela Mexicana y recordó que la caída en lectura ocurrió también en otros países. Todo ello es cierto. Pero que otros estén descendiendo no convierte nuestra posición en confortable. Si todos los corredores tropiezan y nosotros seguimos cerca del final, la caída colectiva difícilmente puede presentarse como consuelo.
Aquí aparece la verdadera dicotomía.
La educación puede —y debe— considerar contexto, desigualdad, diversidad cultural, condiciones familiares y entorno comunitario. Sería absurdo pretender que un adolescente de una comunidad rural mexicana parte exactamente del mismo sitio que uno de Singapur, Japón o Estonia.
Pero el mundo al que ambos llegarán es cada vez menos comprensivo con esas diferencias.
Una universidad no reducirá la complejidad del cálculo porque el alumno tuvo una formación deficiente. Una empresa tecnológica no contratará bajo criterios de compensación histórica. Una plataforma global no pagará más por buenas intenciones. La inteligencia artificial tampoco preguntará por el modelo pedagógico antes de modificar profesiones enteras.
El mercado laboral puede ser injusto, pero rara vez es sentimental.
Y ahí está quizá el punto que debería preocupar más al Gobierno que el lugar ocupado en una tabla internacional. El IMCO advierte que las deficiencias actuales pueden traducirse después en dificultades para continuar estudios superiores, acceder a empleos de mayor productividad y obtener mejores ingresos. Las habilidades matemáticas, científicas y lectoras no sirven únicamente para aprobar exámenes: determinan buena parte de nuestra capacidad para aprender, razonar, distinguir información de propaganda y tomar decisiones como ciudadanos.
Incluso PISA ofrece una paradoja mexicana interesante: 80% de nuestros estudiantes se declara curioso, por encima del promedio de la OCDE, y 76% afirma esforzarse más cuando una tarea se vuelve difícil. No parece que falten jóvenes dispuestos a aprender. Quizá lo que estamos fallando es en convertir esa curiosidad y ese esfuerzo en capacidades medibles y transferibles.
Por eso sería un error utilizar PISA para declarar fracasada a la Nueva Escuela Mexicana. Apenas sería menos equivocado utilizar sus limitaciones para minimizar las señales de alarma.
Una evaluación internacional no puede convertirse en dogma, pero tampoco en enemigo político cada vez que entrega malas noticias.
PISA puede ser un termómetro imperfecto. Lo peligroso sería discutir eternamente su calibración mientras la fiebre continúa.
Porque al final nuestros estudiantes no competirán contra la OCDE, ni contra Claudia Sheinbaum, ni contra quienes critican su modelo educativo.
Competirán contra un mundo que probablemente nunca les preguntará por qué no aprendieron.
Simplemente les preguntará qué saben hacer.