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La Palabra del Giocondo

Tiptip MX por Tiptip MX
septiembre 5, 2025
en Opinión
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El caso Vargas Solano: ¿feminismo selectivo en Palacio Nacional?

Por: Alejandro Flores de la Parra.

La política mexicana tiene un talento innato para las contradicciones. Apenas en octubre del año pasado, durante su toma de protesta, Claudia Sheinbaum aseguró que no llegaba sola a la Presidencia de la República, sino que con ella llegaba la lucha histórica de miles de mujeres que dieron su vida por la igualdad y el respeto a sus derechos. Sonó inspirador, casi épico, como si estuviéramos a punto de ver la consolidación de un gobierno que pondría a las mujeres al centro de la vida pública.
Pero bastaron once meses para que esa narrativa se viera puesta a prueba, y no precisamente en un rincón menor de la burocracia. La presidenta defendió con firmeza el nombramiento de Néstor Vargas Solano como integrante y presidente del Órgano de Administración Judicial, a propuesta suya, pese a que sobre él pesan denuncias por acoso y abuso sexual.
La periodista Dalila Escobar, en la mañanera de este jueves, recordó que en 2022, Tania Monserrat Castillo, exfuncionaria capitalina, acusó a Vargas Solano y señaló, además, irregularidades en el proceso que siguió la Fiscalía capitalina. Lejos de marcar distancia, la presidenta salió a defenderlo con un argumento que dejó a más de uno con ceja levantada: “no se encontraron pruebas suficientes”.
Pruebas, pero no tantas…
La frase merece disección quirúrgica. Porque si no hubo “pruebas suficientes”, eso implica que sí hubo pruebas. Quizá no bastaron para un juez, pero ¿no deberían esas dudas, precisamente, ser suficientes para cuestionar la idoneidad de un nombramiento en un cargo que requiere honorabilidad y confianza absolutas? En términos sencillos: si hay humo, no parece muy responsable entregar cerillos al presunto pirómano.
La ironía es que el puesto de Vargas no es cualquier escritorio burocrático; hablamos de la presidencia del Órgano de Administración Judicial, es decir, un cargo con incidencia directa en el delicado equilibrio entre jueces, magistrados y administración de justicia. Nombrar ahí a alguien con una sombra de acusaciones de abuso sexual equivale a poner a un chef con hepatitis a cargo de la cocina de un hospital: tal vez no contagie, pero ¿usted se animaría a comer ahí?
Feminismo a la carta.
Para justificar la exoneración, Sheinbaum defendió a Ernestina Godoy, exfiscal capitalina y hoy su consejera jurídica, a quien calificó como “una mujer feminista, defensora de los derechos de las mujeres”. La lógica pareciera ser: si una feminista certificada firma la exoneración, entonces el caso queda automáticamente limpio. Un curioso mecanismo de lavado de reputación que suena más a dogma que a justicia.
Lo paradójico es que Sheinbaum, en su discurso de toma de posesión, prometió gobernar con sororidad, reconociendo la lucha de mujeres que incluso ofrendaron su vida. Pero en la práctica, lo que vemos es un feminismo selectivo: se enarbola el discurso de la lucha cuando conviene políticamente, y se relativiza cuando toca proteger a los aliados incómodos.
La puerta abierta a nuevos capítulos.
La presidenta también recordó que la denunciante tiene derecho a apelar. Traducido: el caso aún no está cerrado del todo. Eso significa que Vargas Solano podría enfrentar un proceso legal mientras ocupa un cargo clave en la administración de justicia. La imagen resulta insólita: un hombre bajo la sombra de acusaciones de acoso, decidiendo sobre la organización que vela por la probidad judicial.
Es como si alguien acusado de dopaje fuera nombrado presidente de la Comisión Nacional del Deporte, con el argumento de que todavía no hay pruebas “suficientes” para suspenderlo. Legal, tal vez. Prudente, definitivamente no.
El costo de la incongruencia.
El problema no es solo la figura de Vargas Solano, sino el mensaje que envía la presidenta. Al ampararse en tecnicismos judiciales, Sheinbaum pierde de vista la dimensión política y simbólica del caso. ¿Qué credibilidad puede tener un gobierno que promete ser feminista, pero que coloca a un hombre con acusaciones de abuso en un puesto clave, confiando en que la frase “no hay pruebas suficientes” servirá como escudo político?
La incongruencia se hace más evidente cuando recordamos la insistencia de Sheinbaum en que su triunfo es también un triunfo de las mujeres de México. ¿De verdad ese triunfo incluye a Vargas Solano? Porque, visto así, pareciera que las banderas feministas son de quita y pon: se ondean en la Plaza de la Constitución, pero se doblan cuidadosamente cuando estorban en los pasillos del poder.
Entre la sororidad y la realpolitik.
Por ahora, lo que tenemos es un gobierno que, al menos en este caso, parece inclinarse más por la realpolitik que por la sororidad. Y es comprensible: Sheinbaum necesita hombres leales que le garanticen control en áreas estratégicas, y Vargas Solano entra en esa categoría. El problema es que, al hacerlo, la presidenta erosiona la confianza de un sector social que esperaba coherencia.
La historia aún no termina: si la denunciante apela y logra armar un caso sólido, el gobierno quedará atrapado en su propia contradicción. Y si no, el costo político seguirá acumulándose en forma de dudas, incongruencias y, lo más grave, un debilitamiento de la causa feminista que tanto presume la presidenta.
La ironía entre la realidad y el discurso.
Claudia Sheinbaum arrancó su sexenio con la promesa de encarnar el legado de las luchas feministas. Hoy, sin embargo, parece estar aplicando un peculiar manual: “Si no hay pruebas suficientes, no pasa nada; si hay dudas, confiemos; y si hay incongruencias, llamémosle pragmatismo”.
El problema es que, en política, la incongruencia también deja huella. Y en este caso, la huella se parece demasiado a una zancadilla al propio movimiento que la llevó hasta Palacio Nacional.

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