por Eduardo Rodríguez
Reforma electoral: la trampa final de Palacio Nacional
Si alguien cree que, tras la aprobación del paquete legislativo en el periodo extraordinario del Congreso, las cosas se van a calmar en la Cámara de Diputados o en el Senado, está muy equivocado. La presidenta tiene prisa. Quiere dejar todo listo antes de las elecciones intermedias de 2027 para evitar que la oposición gane fuerza, ya sea en la Cámara baja o recuperando algunas gubernaturas.
El oficialismo no se conformó con imponer leyes polémicas como la ley espía o la ley censura —por mencionar solo dos ejemplos autoritarios—, sino que ahora va por algo aún más grande: la reforma electoral. Y no solo eso, también se viene una reforma fiscal que buscará aumentar los ingresos del gobierno, que ya anda corto de dinero.
La iniciativa para evitar la reelección y combatir el nepotismo fue modificada. La presidenta quería que entrara en vigor en 2027, pero varios de sus propios aliados, incluyendo al PVEM y al PT, se opusieron. Por eso, esta medida se retrasó hasta 2030. Es solo una de las piezas clave con las que la presidenta quiere consolidar su poder rumbo al 2030.
Durante décadas, la oposición recibía solo las sobras del poder que el PRI les dejaba. Pero ahora, con el nuevo grupo en el poder, es al revés: se están cerrando todas las puertas para evitar que haya alternancia política.
Tanto Claudia Sheinbaum como López Obrador se beneficiaron del sistema electoral abierto. Eso les permitió llegar al Congreso y avanzar en estados y municipios. Ese mismo sistema fue el que, con el triunfo de Vicente Fox en el 2000, permitió sacar al PRI del poder.
Con la llegada de AMLO muchos pensaron que el piso sería más parejo. Pero pronto se empezó a formar una versión nueva del viejo PRI, esta vez bajo el nombre de Morena. Ahora, ese nuevo partido se mueve como si fuera dueño absoluto del país. A la presidenta no le preocupa que la acusen de destruir la democracia, si con eso logra mantener vivo el proyecto político de su mentor por muchos años más.
La reforma electoral que ya se cocina en la Secretaría de Gobernación, a cargo de Rosa Icela Rodríguez, parece ser el golpe final para impedir que el PAN, PRI o MC crezcan en la Cámara de Diputados en 2027.
La oposición la tiene muy difícil. Después del desastre electoral del año pasado, no han logrado levantarse. Y ahora, con la nueva reforma, la tarea se torna aún más complicada.
Muchos de sus líderes creen que con discursos en tribuna o participaciones en medios lograrán ganar apoyo ciudadano. Pero están equivocados. Se necesita mucho más que eso para hacer que la gente despierte y deje de votar por Morena y sus aliados.
Se ha dicho que nuevos partidos políticos podrían cambiar el panorama. Pero eso no se ve viable a corto plazo. Por un lado, el INE solo aprobará unos cuantos nuevos partidos, entre ellos algunos ligados a la marea rosa. Por otro, se está formando otro partido que apoyará directamente a Claudia Sheinbaum.
Tanto Ricardo Monreal como Adán Augusto López, líderes de Morena en las cámaras, están listos para asegurar que sus bancadas voten lo que la presidenta les mande, especialmente la reforma electoral. Esta incluirá recortes al financiamiento de partidos, la desaparición de los diputados plurinominales y el control directo del INE mediante la elección de consejeros por voto popular.
Eso sí, dentro del oficialismo ya se empieza a ver descontento. El PVEM y el PT harán todo lo posible para que no les recorten el dinero ni les quiten sus lugares en el Congreso. Esos espacios los tienen ahora gracias a las mayorías artificiales que el Tribunal Electoral y el INE les ayudaron a construir.
Si Guadalupe Taddei pensaba que sería premiada por su papel en la pasada elección, se equivocó. La rebelión de cinco de sus colegas en el INE hizo mucho ruido en Palacio Nacional. Y allá no se olvidan de nada.
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