POR: LILY ORTIZ
Cuando el propósito de año nuevo es volver a ser humanos
El fin de un año siempre llega acompañado de listas. Promesas que se escriben con entusiasmo el 31 de diciembre y que, muchas veces, se olvidan antes de que termine enero. Hacer ejercicio, bajar de peso, ahorrar más, trabajar menos o ganar más. Propósitos válidos, sí, pero también superficiales si se les compara con aquello que verdaderamente podría transformar nuestra realidad colectiva.
El cierre de 2025 nos exige algo más profundo: un reencuentro honesto con lo que somos, con lo que hicimos y, sobre todo, con lo que dejamos de hacer. Mirar hacia atrás no solo para contabilizar logros, sino para reconocer errores, omisiones y silencios; porque crecer como sociedad también implica aceptar lo no cumplido y entender por qué no lo fue.
Este año que se va no fue sencillo, el mundo siguió marcado por conflictos, desigualdades, discursos de odio y una creciente deshumanización en la vida pública. A nivel local y global, vimos cómo la prisa, la polarización y el interés personal muchas veces se impusieron sobre la empatía y el bien común. Sin embargo, incluso en ese escenario, 2025 también deja enseñanzas: las cosas negativas no llegan por casualidad. Llegan para sacudir, para incomodar y para recordarnos que la resiliencia ya no es una opción, sino una exigencia de nuestro tiempo.
Tal vez el mayor aprendizaje sea entender que no todo se resuelve con leyes, presupuestos o discursos; hay cambios que empiezan en lo más básico: en la forma en que miramos al otro, en cómo escuchamos, en cómo reaccionamos ante el dolor ajeno. Ser más humanos no debería ser un ideal romántico, sino una meta política y social.
De poco sirve hablar de desarrollo si olvidamos la compasión, de nada sirve el crecimiento económico si se construye sobre la indiferencia; las cosas materiales, el reconocimiento, el poder o la imagen pública deberían quedar en segundo plano frente a objetivos que verdaderamente generen un cambio: reconstruir el tejido social, recuperar la confianza, dignificar la vida cotidiana.
El 2026 no debería iniciar con promesas vacías, sino con propósitos esenciales: ser empáticos, ser solidarios, ser personas; entender que detrás de cada cifra hay una historia, detrás de cada problema hay un rostro, y detrás de cada decisión hay consecuencias humanas.
Si el mundo tuviera un poco más de esto más humanidad, más empatía, más conciencia, muchos conflictos no existirían o, al menos, no tendrían razón de ser. Quizá no podemos cambiarlo todo de golpe, pero sí podemos empezar por lo que está a nuestro alcance: cómo tratamos al otro, cómo participamos, cómo exigimos y cómo construimos.
Que el balance de este 2025 no sea solo un recuento de lo que dolió, sino una reflexión que nos impulse a ser mejores. Porque al final, más allá de cualquier propósito, el verdadero reto es no olvidar que seguimos compartiendo el mismo mundo.
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