Durango apuesta por el empleo: inversión, confianza y política económica en La Laguna.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En tiempos donde la palabra inversión suele pronunciarse con cautela y las empresas prefieren estacionar su capital en lugares predecibles antes que aventurarse a territorios inciertos, el anuncio de Pilgrim’s de destinar 2,600 millones de pesos para ampliar y modernizar su operación en Gómez Palacio no es una cifra menor ni un boletín más. Es, en términos políticos y económicos, una señal de confianza.
La decisión de la empresa avícola —una de las más grandes del país— coloca a Durango en una categoría que los gobiernos estatales persiguen con insistencia: la de destino confiable para el capital productivo. Y en un entorno nacional marcado por desaceleración industrial, relocalización de cadenas de suministro (nearshoring) y competencia feroz entre estados por atraer plantas y manufactura, esa etiqueta vale más que cualquier eslogan.
El gobernador Esteban Villegas lo resumió con optimismo: “este será el año de cosechar nuevas inversiones”. Más allá del tono político, el dato duro respalda la narrativa. La expansión duplicará la capacidad de la planta, modernizará granjas, incubadoras y centros de procesamiento, y generará 320 empleos directos y más de 1,200 indirectos. En términos prácticos, no se trata solo de más pollos procesados, sino de más nóminas, más proveedores locales y más consumo regional.
La Laguna, históricamente industrial y agroalimentaria, entiende bien este efecto dominó. Una planta que crece arrastra transporte, construcción, servicios, empaques, comercio minorista y producción primaria. Cada empleo directo suele multiplicarse en varios más a lo largo de la cadena. Es la economía real, la que se ve en talleres, gasolineras y tienditas de barrio, no en gráficos de PowerPoint.
Desde la óptica política, el mensaje también es claro: la estabilidad institucional y la coordinación entre gobierno y sector privado siguen siendo la moneda más valiosa. Pilgrim’s no invierte 2,600 millones por simpatía, sino por certidumbre: reglas claras, infraestructura suficiente y condiciones de operación previsibles. La confianza empresarial no se decreta; se construye.
El secretario de Desarrollo Económico, Fernando Rosas Palafox, apuntó a otro elemento relevante: la integración de proveedores locales. Este punto suele pasar desapercibido, pero es el verdadero termómetro del desarrollo. Cuando una gran empresa compra insumos fuera del estado, el impacto se diluye; cuando fortalece cadenas locales, el crecimiento se queda en casa.
Por supuesto, ningún anuncio está exento de matices. La consolidación industrial también plantea retos: garantizar agua, energía, logística eficiente y capacitación laboral. El crecimiento mal planificado puede convertirse en presión urbana o desigualdad regional. La clave estará en que la inversión privada venga acompañada de planeación pública, para que el desarrollo no sea solo voluminoso, sino sostenible.
Aun así, el saldo es positivo. En un país donde con frecuencia se debate más sobre subsidios que sobre productividad, que una empresa amplíe operaciones por decisión propia habla de competitividad, no de dependencia. Y eso cambia la conversación.
Durango parece apostar por una fórmula menos estridente y más pragmática: atraer capital, generar empleo formal y fortalecer cadenas productivas. No suena espectacular, pero funciona. A veces el progreso no llega con fuegos artificiales, sino con turnos extra, camiones de carga y nuevas vacantes.
Si la promesa se cumple, La Laguna no solo verá crecer una planta avícola; verá consolidarse un modelo donde la política económica deja de ser discurso y se traduce en trabajo. Y en cualquier comunidad, el empleo estable sigue siendo la política social más efectiva.
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