El pato que se robó la mañanera.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay imágenes que terminan definiendo una época mejor que cualquier discurso oficial. En México hemos visto de todo: rifas presidenciales, estampitas contra la corrupción, consultas populares con resultados previsibles y conferencias mañaneras convertidas en espectáculos de comunicación política. Sin embargo, pocas escenas resultan tan simbólicas como la ocurrida esta semana en Palacio Nacional: un pato llamado Merlín, vestido con jersey de la Selección Mexicana, bufanda mundialista y acompañado por su característico “¡cuack, cuack!”, ocupando un lugar privilegiado en la conferencia presidencial.
El ave fue presentada como invitada especial debido a su popularidad en redes sociales y a su papel como embajador turístico de la Ciudad de México rumbo al Mundial. Mientras funcionarios federales observaban atentos, Merlín compartió espacio con altos representantes del gobierno. No habló. No respondió preguntas. No presentó indicadores. Tampoco anunció inversiones ni explicó estrategias públicas. Pero estuvo ahí.
Y ese es precisamente el problema.
No porque exista algo malo en un pato famoso. Después de todo, las redes sociales han convertido en celebridades a perros, gatos, capibaras, mapaches y hasta piedras con ojos pegados. El verdadero asunto es que la Presidencia de la República decidió dedicar tiempo, espacio y atención institucional a un espectáculo cuya relevancia pública es, siendo generosos, limitada.
Mientras Merlín hacía acto de presencia en Palacio Nacional, México seguía enfrentando problemas bastante menos simpáticos. La inseguridad continúa siendo una de las principales preocupaciones ciudadanas. El sistema de salud arrastra carencias de medicamentos e infraestructura. La economía enfrenta incertidumbre por factores internos y externos. La crisis hídrica golpea diversas regiones del país. La educación pública sigue acumulando rezagos agravados desde la pandemia.
Nada de eso tiene el atractivo visual de un pato con bufanda mundialista.
La política moderna vive atrapada en una batalla permanente por la atención. Los gobiernos ya no compiten únicamente por resultados; compiten por clics, reproducciones y tendencias. En ese terreno, un pato popular puede generar más interacción digital que una explicación detallada sobre el presupuesto federal o una estrategia de seguridad.
La pregunta es si la Presidencia debe comportarse como una institución de Estado o como una agencia de entretenimiento.
Desde luego, los gobiernos necesitan conectar emocionalmente con la ciudadanía. La comunicación política no tiene que ser solemne las veinticuatro horas del día. Un poco de humor y cercanía nunca están de más. El problema aparece cuando la línea entre informar y distraer comienza a desaparecer.
Porque la imagen de Merlín entrando al Salón Tesorería resulta inevitablemente contrastante con la realidad cotidiana de millones de mexicanos. Para quien espera una cita médica, busca empleo, enfrenta la violencia o intenta sacar adelante un pequeño negocio, la escena puede parecer más una caricatura que una prioridad gubernamental.
Y quizá ahí radica el simbolismo involuntario del episodio.
Durante años, las conferencias presidenciales fueron presentadas como un ejercicio de información pública, transparencia y rendición de cuentas. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia parecen transformarse en un espacio donde conviven anuncios gubernamentales, debates políticos, campañas de comunicación, segmentos de entretenimiento y ahora, también, invitados emplumados.
Merlín no tiene la culpa de nada. De hecho, probablemente sea el único personaje de Palacio Nacional que no aspira a un cargo público ni busca controlar la narrativa política nacional. Su éxito es perfectamente legítimo y hasta simpático.
La responsabilidad recae en quienes deciden qué merece ocupar el tiempo de la máxima tribuna gubernamental del país.
Porque cuando un pato se convierte en protagonista de la agenda presidencial, la pregunta no es qué hace el pato ahí.
La pregunta es qué asuntos más importantes dejaron de atenderse mientras todos observaban cómo entraba.