La política del empujón y el escupitajo.
Cuando el insulto sustituye al argumento, la ciudadanía termina pagando la factura
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay días en que el Congreso parece más un pleito entre franeleros que la representación de la República. Este miércoles fue uno de ellos.
Los diputados federales Arturo Ávila, de Morena, y Carlos Gutiérrez Mancilla, del PRI, protagonizaron un nuevo episodio de confrontación que terminó entre insultos, acusaciones de narcotráfico, amenazas y empujones durante la Comisión Permanente. El priista llamó a Ávila “vocero del narco” y lo acusó de representar al crimen organizado; el morenista respondió llamándolo “porro de Alito”, en referencia al dirigente priista Alejandro Moreno.
No fue un debate fuerte. No fue una diferencia ideológica llevada al límite. Fue, sencillamente, el síntoma de una política que cada vez parece tener menos argumentos y más adjetivos.
Y ahí está el verdadero problema.
Porque una cosa es la crítica política —indispensable en cualquier democracia— y otra muy distinta convertir el recinto legislativo en un espacio donde las acusaciones personales sustituyen a las propuestas, la investigación y el debate de fondo.
Lo ocurrido tampoco apareció de la nada. Mancilla y Ávila ya habían protagonizado fuertes intercambios verbales en el pasado. Incluso en debates anteriores se han registrado acusaciones de “narcopartido”, “porro” y otros calificativos entre integrantes de ambas bancadas.
El problema es que, cuando la política se acostumbra al espectáculo, el espectáculo termina siendo la política.
Mientras ellos se acusan mutuamente de ser delincuentes, porros, narcos o instrumentos de sus respectivos dirigentes, millones de mexicanos están ocupados en asuntos bastante menos estridentes: pagar la renta, completar para la despensa, conseguir medicamentos, conservar el empleo, pagar la luz, llevar a los hijos a la escuela o simplemente llegar a fin de mes.
A esa mayoría poco le importa quién ganó el intercambio de insultos en el Congreso.
Lo que quiere saber es quién va a resolver sus problemas.
Y aquí aparece una paradoja preocupante: los políticos dicen hablar en nombre de la gente, pero con comportamientos como éste terminan alejando precisamente a la gente de la política.
Cada grito, cada empujón y cada acusación sin pruebas genera un poco más de desencanto. Y cuando el ciudadano concluye que “todos son iguales”, deja de participar, deja de informarse y deja que otros decidan por él.
Eso es peligrosísimo.
Porque la política no se abandona cuando dejamos de votar solamente. También se abandona cuando dejamos de exigir, cuando dejamos de preguntar, cuando dejamos de revisar quiénes son nuestros candidatos y cuando aceptamos que la lealtad partidista sea suficiente para convertir a cualquier personaje en representante popular.
Tal vez el Congreso necesita menos políticos preocupados por demostrar quién insulta más fuerte y más legisladores interesados en demostrar quién puede argumentar mejor.
Porque si las acusaciones de narcotráfico, corrupción o delincuencia tienen sustento, existen instituciones, investigaciones y tribunales para demostrarlo. Si no lo tienen, convertirlas en munición política no fortalece la democracia: la degrada.
Y tampoco se trata de pedir políticos mudos o tibios. La oposición debe confrontar al gobierno y el gobierno debe responder a sus críticos. La democracia necesita conflicto, pero conflicto de ideas, no una competencia para ver quién grita más fuerte.
El ciudadano tiene, finalmente, una herramienta mucho más poderosa que cualquier empujón en el Congreso: su voto.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos quién ganó la pelea entre Ávila y Mancilla y empezar a preguntarnos algo mucho más importante:
¿Qué clase de representantes estamos permitiendo que lleguen al poder?
Porque los diputados no son espectadores de una pelea ajena. Son nuestros representantes.
Y si queremos una política diferente, también tendremos que exigir candidatos diferentes.
Menos espectáculo.
Menos insultos.
Menos “porros” y “narcos” utilizados como argumento.
Y mucho más trabajo, resultados, preparación y responsabilidad.
Al final, mientras los políticos se empujan entre ellos, México sigue esperando que alguien empuje al país hacia adelante.
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